28.3.25

LUCARINI

La reciente sentencia que anula la licencia de rehabilitación del edificio de la calle Santiago, números 55-57-59, no es solo una victoria jurídica del Colegio Oficial de Arquitectos Vasco-Navarro en Álava. Es también —y sobre todo— un nuevo síntoma de una enfermedad cultural que se extiende por el territorio alavés: una preocupante indiferencia hacia todo lo que huela a cultura, a arte.

El caso es sencillo de entender, aunque complejo en sus implicaciones: el Ayuntamiento de Gasteiz concedió una licencia para intervenir un edificio emblemático sin exigir lo que la ley marca con claridad: que esa transformación estuviese firmada por un arquitecto. El resultado no fue una reparación puntual, se eliminó su reconocible envolvente metálica roja y, de paso, su escultura de Joaquín Lucarini. Nada de esto pareció importar a quienes dieron luz verde a la operación.

La justicia, en un fallo lleno de sentido común, ha recordado que lo ejecutado no es una mera obra de mantenimiento, sino una nueva arquitectura. Una que borra de un plumazo una pieza singular de la ciudad, proyectada en 1967 por José Antonio Pérez Enciso, cuya fachada de color rojo funcionó durante años como tarjeta de presentación de la ciudad para quienes llegaban desde el sur. Hoy, esa tarjeta ha sido destrozada, deglutida, y sustituida por otra anodina e insulsa.

La cuestión, sin embargo, va más allá de lo arquitectónico. Lo que subyace aquí es una actitud institucional (y social) profundamente instalada en Álava: la cultura sigue ocupando un lugar marginal. No se valora, no se cuida. En este caso, la arquitectura, como la escultura pública o el patrimonio moderno, es percibida como un obstáculo para la eficiencia, como un adorno caro o innecesario, cuando no como una molestia. Todo se reduce a rendimientos, certificaciones, números y, si acaso, un acabado “moderno” que encaje con la estética generalista del momento. Lo singular molesta. Lo artístico incomoda.

El edificio de la calle Santiago no es solo una fachada que desaparece. Es una advertencia. Porque cuando una sociedad permite que sus referentes artísticos sean transformados o eliminados sin criterio, sin proyecto, sin debate, está diciendo algo de sí misma. Está dejando claro que la cultura no le importa. Que el arte le resulta ajeno. Que la sensibilidad artística, cultural, humanista… no forma parte de sus prioridades.

Y eso es lo verdaderamente alarmante: que este caso u otros no escandalicen más. Que no estén en el centro de la conversación pública. Que no haya una mínima exigencia ciudadana de cuidado hacia lo que hemos construido entre todos.

Una ciudad, un territorio, cuando deja de prestar atención a la cultura, al humanismo, al pensamiento, es que no funciona. Si la cultura es el envoltorio de una sociedad y ese envoltorio no se cuida, significa que esa sociedad no marcha. Y si además se aplaude su destrucción bajo la excusa de la eficiencia, entonces lo que falla no es solo el envoltorio, sino lo que hay dentro.

21.3.25

CALIDAD

La calidad en el arte es un terreno incierto. No hay fórmulas seguras que la garanticen. Sin embargo, todos hemos sentido la certeza de estar frente a algo valioso, algo que nos interpela o desafía. ¿Cómo se distingue una obra de calidad de otra que solo cumple su función?

El mercado cultural no es un indicador fiable. Un bestseller puede ser irrelevante y una película taquillera, olvidable. También ocurre lo contrario: hay obras maestras que nunca fueron reconocidas en su tiempo. Si la calidad no depende del número de espectadores ni de las ventas, ¿en qué consiste? Una pista posible está en su capacidad de resistencia: lo que sigue generando diálogo y relecturas. Pero la permanencia tampoco es suficiente. Hay modas que se estiran artificialmente, mientras que otras obras clave fueron redescubiertas siglos después.

El juicio sobre la calidad del arte tampoco puede ser solo individual. La idea de que “para gustos están los colores” es demasiado cómoda. No todo vale. Un buen libro no es solo una historia atractiva, sino que está narrado con una voz singular que nos hace ver el mundo desde otro ángulo. Una buena película no es solo entretenimiento: es la unión entre guion, puesta en escena, dirección y montaje, funcionando con precisión.

El valor de una obra está en su capacidad de comunicar algo que no sabíamos que necesitábamos oír. No es solo una cuestión técnica: hay obras impecables que son meros ejercicios de habilidad y, en cambio, hay otras formalmente imperfectas que poseen una fuerza innegable. La calidad tiene más que ver con la profundidad de la exploración y la honestidad del proceso. Un artista que se acomoda en los clichés puede lograr éxito, pero no creará algo que importe con el tiempo.

Aquí entra otra dimensión: la del riesgo. La calidad muchas veces implica una toma de posición, una incomodidad. Un libro que desafía su forma, una película que subvierte expectativas, una pintura que no busca agradar, sino interpelar. Lo que no corre riesgos se desgasta rápido. El arte que solo se ajusta a lo esperado no es capaz de abrir una grieta en nuestra percepción.

Por supuesto, la calidad tampoco se impone por decreto. No basta con que una élite lo decida. Pero tampoco puede reducirse a lo que el público consume en masa. La educación del gusto es un proceso, y a veces lo más valioso no es lo que se digiere de inmediato, sino lo que nos exige un esfuerzo. Una obra de calidad no se agota en la primera mirada: vuelve, resuena, crece con el tiempo.

Podemos disfrutar de una película entretenida, pero si tiene calidad, el disfrute se amplía. Por eso es importante educar el gusto, aprender a distinguir los buenos platos.

No hay una sola respuesta sobre qué define la calidad, pero sí algunas señales: la originalidad, la intensidad de su enfoque, el modo en que resiste el tiempo y su capacidad para generar nuevas preguntas. Lo importante no es si una obra vende mucho o poco, sino si deja huella, si expande lo posible. Y eso no abunda.

14.3.25

IMAGINARIUM LAB

“Sólo los niños saben lo que buscan”, escribía Antoine de Saint-Exupéry en El Principito. Pero en la cultura adulta, la voz de los más pequeños es a menudo desechada. Se les considera aprendices, en proceso de maduración, como si aún no estuvieran listos para aportar algo al mundo. Sin embargo, su forma de mirar el presente está despojada de cinismo, prejuicio o convenciones establecidas. Son exploradores de lo inmediato, observadores sin el lastre de la costumbre, y en esa capacidad de asombro reside su lucidez.

Con esta idea, Zas Kultur ha puesto en marcha un proyecto anual con un enfoque genuinamente educativo: Imaginarium Lab. Un laboratorio que se construye sobre una certeza: los jóvenes no son recipientes pasivos del conocimiento, sino agentes de cambio. No hay que esperar a que “sean el futuro”, porque ya están aquí, con sus preguntas afiladas, con su forma irreverente de entender el mundo y su impulso para transformarlo. Este espacio de imaginación les proporciona las herramientas para canalizar esa energía en proyectos que cuestionan, expanden y desafían la cultura establecida.

“Solo es imposible aquello que nunca se intenta”, decía Alicia mientras atravesaba el País de las Maravillas. Con esta premisa, cada viernes de 18:00 a 20:00 y cada sábado de 12:00 a 14:00, en el espacio cultural Zas Kultur, cualquier chaval de 10 a 17 años que quiera desarrollar su potencial puede hacerlo, previa inscripción, en un laboratorio donde el arte no es un ejercicio formal ni un pasatiempo escolar, sino una metodología de pensamiento y acción. No se les instruye para replicar modelos, sino para desmontarlos, reconstruirlos y generar otros nuevos. Desde el análisis del turismo hasta la reinvención del dinero, desde la exploración de la ciudad como un escenario de ficción hasta la creación de micro-museos portátiles o el diseño de un escape room, en Imaginarium Lab se trabaja con la certeza de que la creatividad no es una habilidad decorativa, sino una herramienta para intervenir en la realidad.

Mientras el mundo adulto insiste en establecer límites, en definir lo posible y lo imposible, estos jóvenes trabajan en otra dirección: cruzan disciplinas, mezclan formatos, imaginan, proyectan y proponen lo inesperado. No están preocupados por la utilidad inmediata de sus ideas, sino por su capacidad de abrir caminos. En este sentido, su lucidez no radica en una supuesta pureza infantil o adolescente, sino en la ausencia de las barreras autoimpuestas que tantas veces limitan la imaginación y la creatividad de los adultos.

Imaginarium Lab no es una actividad extraescolar ni un programa educativo convencional. Es un laboratorio que reivindica el derecho de los más pequeños a pensar el mundo y transformarlo desde ahora. Y es un recordatorio de que la innovación no siempre viene de quienes acumulan años de experiencia, sino de quienes, como Peter Pan, aún recuerdan cómo volar.

7.3.25

IMAGINARIO TRUMP

Estados Unidos no es solo un país, es una narrativa. Durante más de dos siglos, ha construido una historia de sí misma en la que se presenta como la nación de la libertad, la potencia que, con todas sus contradicciones, ha alardeado de defender ciertos valores universales. Esta autoimagen no ha sido solo un ejercicio político, sino también un esfuerzo cultural sostenido, alimentado por el cine, el cómic, la literatura y la televisión. En ese relato, la figura del presidente ha encarnado el liderazgo y la integridad.

Sin embargo, la irrupción de Donald Trump ha roto ese imaginario. Su presidencia representa una anomalía en la forma en que la cultura estadounidense ha retratado a sus líderes. No es el presidente idealista de Caballero sin espada (1939), donde James Stewart interpreta a un joven senador que desafía la corrupción con la fuerza de sus principios. Tampoco se parece a los presidentes heroicos de Independence Day (1996) o Air Force One (1997), líderes que toman las riendas en momentos de crisis y luchan activamente por su país.

Incluso cuando el cine ha mostrado presidentes cínicos o corruptos, lo ha hecho dentro de narrativas que refuerzan la importancia de la ética en el poder. En Todos los hombres del presidente (1976), el escándalo de Watergate prueba que la democracia estadounidense puede sobrevivir a sus propios errores. En Nixon (1995), Oliver Stone muestra a un presidente lleno de sombras, pero también a un hombre trágico, prisionero de sus ambiciones.

Trump, sin embargo, escapa a estos modelos. Su mala educación, su desprecio por los intelectuales y las minorías, su liderazgo basado en eslóganes vacíos, insultos y teorías conspirativas, no encajan en el imaginario tradicional de la solemnidad presidencial. Su llegada al poder representa una fractura en la cultura del país, un punto en el que la realidad y el mito estadounidense entran en conflicto.

Pero la cultura tiene su propia inercia. Ahí es donde entran ficciones recientes como Día Cero, la serie protagonizada por Robert De Niro, que encarna la antítesis del trumpismo. De Niro interpreta a un expresidente que, lejos de la demagogia y el populismo, representa la responsabilidad y la decencia. No es un héroe de acción ni un político impoluto, pero su liderazgo se basa en la reflexión y la ética, algo que el cine y la televisión han defendido como esencia de la presidencia estadounidense.

El choque entre Trump y el imaginario presidencial no es solo una cuestión política, sino cultural. No es el presidente idealista, el pragmático con dilemas morales ni el cínico que se enfrenta a sus propios demonios. Es, más bien, una anomalía que la cultura estadounidense, con su peso y su propia lógica, terminará reubicando en la categoría que le corresponde.

Si algo ha demostrado el cine es que los mitos pueden tambalearse, pero también reconstruirse. Y si ese relato ha sobrevivido a
crisis políticas, guerras y escándalos, también será capaz de digerir y expulsar la era Trump.

28.2.25

GERRA ETA DENBORA: DECRECIMIENTO

La exposición Gerra eta denbora: decrecimiento, en la sala Amárica, podría subtitularse "o cuando el arte pierde su batalla", pues ninguno de los artistas u organizadores ha recibo honorarios por su trabajo.

Se presenta como una muestra militante (pero no en el arte), donde los artistas exponen para rechazar la guerra, el gasto armamentístico y la precarización de la vida. Sin embargo, tras la contundencia de su mensaje, aflora una contradicción preocupante: el papel del artista en una estructura que, mientras se reviste de compromiso, perpetúa la devaluación de su trabajo.

Se reivindica la paz, pero se normaliza la gratuidad del arte. Se denuncia la precarización laboral en sectores industriales, mientras se asume que los artistas pueden participar sin pago. Se genera conciencia sobre la destrucción de recursos, pero no se cuestiona la lógica que permite que una exposición se sostenga sobre la colaboración desinteresada de sus creadores. Como si la precariedad en el arte no fuera también síntoma de esas mismas dinámicas que se combaten en esa muestra.

La guerra que estos artistas han perdido es la de la dignificación de su trabajo. Sus gestores destacan el número de participantes, como si la cantidad de artistas fuese sinónimo de impacto. Sin embargo, una exposición no se mide por su número de artistas, así como la calidad artística no depende solo de su temática. El arte comprometido no puede reducirse a consignas ni medirse en cifras.

En la misma línea, la organización resalta la cantidad de visitas: más de mil en una semana. Un dato con el que pretenden desmontar la argumentación de nuestra Diputación sobre el cierre de la sala Amárica por "escasez de visitas", cifradas en 4.000 al año. Sin embargo, este argumento es falaz, pues la valoración de un espacio expositivo no puede reducirse a un conteo de visitantes sin considerar su labor cultural y el impacto en el sector local del arte. Usar cifras como justificación para cerrar o mantener abierto un espacio es no entender que una sala expositiva no es un supermercado.

El problema no es la politización del arte, sino la instrumentalización del artista. Si esta muestra quiere interpelar a la gobernanza para cambiar el rumbo de la industria armamentística, debería empezar por señalar a los gestores culturales que exigen activismo sin pago. No se trata de pedir subvenciones, sino de rechazar la lógica de que el arte subsista en los márgenes del sistema, dependiendo siempre de la militancia y el voluntarismo. Los artistas también son trabajadores culturales y tienen derechos que deben respetarse.

Decir "no a la guerra" es sencillo. Decir "no al arte gratuito" en un contexto donde se da por sentado que el compromiso debe ser altruista es más complejo. Sin embargo, es una batalla que el arte debe librar si no quiere convertirse en un vehículo discursivo sin peso ni exigencia. De lo contrario, el mensaje quedará sepultado por la precariedad de quienes lo sostienen.

21.2.25

PAISAJES ESCENIFICADOS

Las fotografías del fotógrafo holandés afincado en Gasteiz, Gert Voor in’t Holt, se exponen desde ayer en Zas Kultur bajo el título Paisajes iluminados. En ellas, fundamentalmente, el artista cuestiona la relación entre la imagen fotográfica y el espacio representado. Con un gesto entre la arqueología visual y la instalación lumínica, el artista holandés transforma enclaves abandonados en escenarios que oscilan entre lo documental y lo teatral. Sus imágenes no solo registran un territorio, sino que lo transforman a través de la luz, que funciona como herramienta y protagonista a la vez.

Voor in’t Holt despliega un sistema de iluminación que no solo permite capturar escenas nocturnas con precisión, sino que también se integra en la composición. Lejos de ser un simple recurso técnico, la luz se convierte en una escultura dentro de la imagen, generando una estructura que separa el paisaje de su representación. Así, cada fotografía muestra su propio artificio: no solo observamos un entorno iluminado, sino también el mecanismo que lo ilumina, revelando el proceso detrás de la captura.

El resultado es una suerte de estudio fotográfico transportado a espacios rurales, donde la frontera entre lo natural y lo artificial se difumina. Voor in't Holt escoge localizaciones intervenidas o abandonadas por la actividad humana: presas en desuso, caminos interrumpidos, trincheras antiguas. Estos lugares, marcados por su ambigüedad funcional, quedan subrayados por la intervención lumínica, que introduce un contraste entre la oscuridad y una geometría de luz escultórica. Este diálogo entre forma y vacío, presencia y ausencia, refuerza la tensión entre documento y escenificación.

El artista muestra cómo el paisaje no es algo fijo, sino que cambia según cómo se mira o ilumina. Al agregar luz de manera intencionada, transforma la percepción del entorno, haciendo notar detalles que de otro modo podrían pasar desapercibidos. En lugar de crear una escena artificial como en el cine, deja visible su intervención, provocando una sensación de sorpresa y haciendo que el espectador se pregunte sobre la realidad del lugar.

Si en series anteriores como Cityscapes o Lightscapes ya cuestionaba la relación entre la imagen y su referente, en Paisajes iluminados el proceso se radicaliza: no hay manipulación digital, pero sí un desplazamiento del estudio al paisaje, del laboratorio a la escena. Cada fotografía se convierte en el registro de una acción: una instalación efímera de luz en un territorio que, de otro modo, permanecería en penumbra. Esta intervención no solo transforma la percepción del lugar, sino que lo convierte en un espacio simbólico, donde iluminar es una forma de leer el territorio.

En un tiempo en que la imagen fotográfica se enfrenta a su disolución en la sobreabundancia digital, Paisajes iluminados plantea una pregunta esencial: ¿cuál es la distancia entre ver y construir lo que se ve?

14.2.25

POCAS LUCES

Cada año, el Umbra Light Festival llena las calles de Gasteiz con luces y espectáculo, atrayendo a miles de personas y generando titulares que destacan la gran afluencia de público. En 2023, se habló de 100.000 asistentes y una ocupación hotelera del 95%. Sin embargo, un análisis más detallado de estos datos plantea dudas sobre el impacto real del evento en la economía local y la idoneidad de su presupuesto.

Uno de los argumentos más usados para justificar el gasto público es el impacto positivo en la ocupación hotelera. Sin embargo, Gasteiz cuenta con apenas 4.649 plazas de alojamiento entre hoteles, apartamentos y otros. Si la ocupación hotelera llega al 95%, esto supone que unas 4.400 personas se alojaron en la ciudad, aunque sin el evento también habría habido cierta ocupación. Pero esta cifra está muy lejos de los 100.000 asistentes anunciados, lo que indica que la mayoría fueron residentes o visitantes cercanos, cuyo gasto extra probablemente fue limitado.

El presupuesto del festival es otro aspecto controvertido. En 2023 costó cerca de medio millón a los contribuyentes. Aunque los datos recientes son menos claros, el patrocinio municipal para 2025 asciende a 78.512 euros sin IVA, sin revelarse el presupuesto total. Además, el festival recibe financiación de la Diputación Foral de Álava y el Gobierno Vasco, aunque sus aportaciones no se han hecho públicas. Esta falta de transparencia impide conocer el coste real y su reparto financiero.

Mientras tanto, la Sala Amárica, un espacio de exhibición de arte contemporáneo con un presupuesto anual de 80.000 euros, va a cerrar. Este contraste refleja una política cultural que prioriza eventos de gran visibilidad, pero de impacto efímero, sobre infraestructuras que sostienen la producción artística local a lo largo del año.

El problema no es solo la cuantía de la inversión, sino la falta de estudios rigurosos que midan el retorno económico real de los festivales. Se desconoce cuántos asistentes gastaron en hoteles, restaurantes y comercios, y hasta qué punto su presencia benefició a la ciudad más allá del espectáculo lumínico. Sin estos datos, los argumentos a favor del festival se basan en estimaciones poco concretas.

Si la mayoría de los asistentes son vecinos de aquí, si la capacidad hotelera apenas cubre una fracción de los supuestos visitantes y si el retorno económico no está medido con precisión, surge una cuestión evidente: ¿se financia cultura o espectáculo sin impacto real? Mientras tanto, espacios culturales como la Amárica desaparecen por falta de apoyo institucional. La propia red de museos de la Diputación cuenta con un presupuesto anual inferior al del festival, y el Centro Cultural Montehermoso podría mantenerse dos años con la misma inversión. La gestión cultural necesita una perspectiva que trascienda los destellos efímeros de los festivales. Debe equilibrar la programación de eventos con un reparto equitativo de los recursos, evitando agravios comparativos.

7.2.25

AMAR AMÁRICA

El cierre de la Sala Amárica ha sacudido el sector de las artes visuales en Álava. No solo está en juego el destino de una sala, sino el papel de la cultura en las políticas públicas de nuestro territorio.

La Diputación Foral de Álava ha justificado su decisión por los bajos índices de visitantes. Pero si la rentabilidad de un espacio cultural dependiera solo de su afluencia, no quedaría en pie ningún museo de la provincia, ni siquiera Artium. Aplicar este criterio llevaría a la desaparición de la oferta cultural. Y el acceso a la cultura es un derecho recogido en cualquier Constitución avanzada e, incluso, en los Derechos Humanos.

Otro argumento para justificar el cierre es su baja rentabilidad social. Esta idea, en apariencia razonable, es errónea. Medir un equipamiento cultural con indicadores ajenos a su función desvirtúa su propósito. Un espacio cultural debe evaluarse por su impacto cultural, no por criterios sociales. Si la Sala Amárica es un espacio expositivo, su valor no reside en atraer un gran volumen de público, sino en ser un bien público que genera valor a lo largo del tiempo y contribuye a fortalecer el tejido artístico local.

Pedir a la Sala Amárica un “uso más social” equivale a exigir que un centro de arte funcione como un centro sociocultural. Pero, del mismo modo que a un centro sociocultural no se le pide que produzca arte, a un espacio expositivo no se le puede exigir que cumpla con funciones ajenas a su naturaleza.

La rapidez con la que el sector del arte ha reaccionado demuestra que no es una queja aislada. En menos de una semana, más de 800 personas han firmado en contra del cierre, y se ha constituido Amárica Elkartea, una asociación que ya reúne a 130 artistas y agentes culturales.

Esta respuesta debería ser suficiente para que la Diputación reconsiderara su postura. Recordemos que la medida se ha tomado sin consulta previa con el sector cultural, que ha respondido con rapidez y claridad.

Más allá de cifras y debates sobre el uso del espacio, el cierre supone una traición al legado de Fernando de Amárica (1866-1956). El pintor legó su patrimonio, incluida la actual Plaza Amárica, a la sociedad alavesa para la exhibición de arte. Convertir la sala que lleva su nombre en un Centro de Emprendimiento e Innovación, desvinculado del arte, no solo desvirtúa su legado, sino que cuestiona el compromiso institucional con la memoria, la historia y el patrimonio cultural del territorio.

Cerrar la Sala Amárica no es una decisión técnica, sino política. Y lejos de fortalecer el ecosistema cultural, lo debilita. Si la intención es vaciar Álava de arte, esta es la vía.

Quizá la solución pase por un enfoque salomónico que contente a todas las partes: permitir que el espacio expositivo y el Centro de Innovación convivan, como ocurrió hace unos años cuando la sala acogió aulas de la tercera edad. Hay espacio: la sala expositiva es solo una parte de la Sala Amárica, que también alberga oficinas, almacenes y una sala de conferencias.

31.1.25

OSADÍA

Si algo define a Gasteiz en términos culturales es la espera. No una espera impaciente o resignada, sino esa que se instala en la ciudad como un segundo clima, donde las iniciativas artísticas se anuncian, se proyectan, se prometen... y después se diluyen en una bruma de trámites y plazos inciertos. Se podría pensar que aquí la cultura avanza al ritmo del txirimiri, calando poco a poco hasta hacerse presente, pero lo cierto es que muchas veces ni llega a mojar.

Ejemplos hay de sobra. Mientras ciudades vecinas como Bilbao o Donostia cuentan con infraestructuras culturales consolidadas en todos los ámbitos, ya sean de creación, de difusión, de mediación… Vitoria-Gasteiz sigue sin un auditorio digno, con un teatro cerrado y sin galerías de arte. Nadie compra arte. Eso sí, la ciudad se muestra satisfecha con su inagotable oferta de festivales, como si la cultura solo pudiera entenderse como un evento efímero y no como un tejido permanente de creación y difusión.

Sin embargo, el gasteiztarra medio está convencido de que su ciudad es un espacio cultural dinámico y ejemplar. Como el que baila lentamente creyendo que está moviéndose con frenesí, se dice así mismo que vive en un hervidero artístico, cuando la realidad muestra una escena mucho más contenida y limitada. “Nada es más difícil que hacer ver a alguien que no baila que está quieto”, podría haber dicho Bertolt Brecht si hubiera conocido nuestra paradoja local que tiene que ver con la prudencia alavesa.

Pero no es solo un problema institucional. También hay una tendencia local a la tibieza, al conformismo de las medias soluciones. La ciudad presume de ser un laboratorio cultural, pero rara vez asume el riesgo de una verdadera experimentación. Cuando aparecen propuestas más disruptivas, la reacción oscila entre la indiferencia y la incomodidad. Se valora la cultura cuando adorna, cuando engalana, pero se vuelve incómoda cuando cuestiona, cuando incomoda, cuando señala.

Además, Vitoria-Gasteiz apuesta a lo grande por convertirse en un gigantesco plató de cine para atraer producciones audiovisuales. No deja de ser una metáfora, pues la ciudad tiene mucho de decorado: calles impecables, fachadas restauradas, pero una vida cultural que a menudo parece más un atrezzo que una realidad palpitante. Todos nos estamos convirtiendo en extras de una película de Netflix.

Como dijo el escritor Juan José Millás: "El problema de la cultura es que no se ve hasta que desaparece". Gasteiz sigue a la espera de tomarse en serio a sí misma como espacio cultural activo. No faltan artistas, colectivos ni proyectos con ideas claras. Falta, quizás, dejar de esperar y empezar a hacer sin permiso, sin la eterna consulta, sin la burocracia asfixiante que convierte cada propuesta en un trámite interminable. Porque la cultura no necesita más estudios, diagnósticos o planes estratégicos. Necesita valentía, apuesta, confianza. Y, sobre todo, que alguien abra la puerta de una vez. Con osadía.

24.1.25

TRUMPISMO CULTURAL

La reelección de Trump como presidente de los Estados Unidos abre un capítulo cargado de incertidumbre para el mundo de la cultura. La experiencia de su primer mandato ya sentó un precedente claro: la cultura y las artes ocupan un lugar marginal en ese “ismo” retrógrado que es el” trumpismo”. Frente a las esperanzas de quienes defienden el arte como herramienta crítica y vehículo de transformación social, su vuelta al poder representa un desafió que trasciende fronteras.

El desdén de Trump hacia las instituciones culturales no es nuevo, pero su simbolismo no puede subestimarse. Proponer recortes al National Endowment for the Arts y otras entidades clave fue más que un gesto de austeridad: fue una declaración de principios. Para Trump, el arte no es un derecho ni un bien público, sino un lujo prescindible. Este enfoque amenaza con erosionar el tejido cultural de una sociedad ya profundamente dividida, dejando claro que, en su visión, las artes no deben incomodar ni interrogar, sino conformarse y entretener.

El lema “Haz América grande de nuevo” no solo fue un slogan político, sino un marco ideológico que permeó la esfera cultural. Su apelación a una nostalgia idealizada por un pasado ficticio genera una narrativa excluyente, donde la diversidad y el pluralismo son vistos como amenazas. En este contexto, el arte se convierte en un campo de resistencia esencial: su capacidad para cuestionar, incomodar y ofrecer nuevos relatos es más urgente que nunca.

Sin embargo, el arte tiene la capacidad de sobrevivir incluso en contextos adversos. Durante el primer mandato de Trump, surgieron movimientos artísticos que lo enfrentaron de manera directa, como el "Art Strike" o las múltiples iniciativas lideradas por artistas para visibilizar las injusticias de su política migratoria, racial y ambiental.

En el plano internacional, el “trumpismo” podría tener un impacto significativo. Su desinterés por los acuerdos multilaterales y su tendencia al aislacionismo amenazan con restringir los intercambios culturales entre Estados Unidos y otros países. Las artes visuales, las coproducciones cinematográficas y los intercambios académicos podrían enfrentar mayores barreras, limitando el enriquecimiento mutuo que surge de la colaboración global. Además, la narrativa de “América primero” podría empobrecer el ecosistema cultural al reducir la exposición a perspectivas diversas.

La cultura, por definición, es un terreno de lucha ideológica. No es neutral. Cada obra, cada gesto… es una declaración de principios. La política cultural de Trump nos convoca a redoblar esfuerzos para defender la libertad de expresión, garantizar espacios para el pensamiento crítico y mantener vivas las voces disidentes. En un contexto en el que el poder busca instrumentalizar la nostalgia y perpetuar divisiones, también se abre una oportunidad para que el arte reivindique su papel esencial: ser un espejo incómodo de la sociedad y una brújula hacia horizontes más justos y humanos.


17.1.25

ORAIN, CARMELO

El pasado sábado fallecía Carmelo Ortiz de Elguea, un artista vitoriano fundamental para entender y apreciar el arte vasco. Supo, junto a otros creadores, canalizar los aires de cambio que emergían fuera de nuestras fronteras durante mediados del siglo XX, trayéndolos a nuestra ciudad en un contexto marcado por fuertes restricciones culturales y políticas. Su capacidad para integrar lenguajes universales en la escena vasca lo consolidó como un referente de primer orden.

Carmelo fue un revolucionario silencioso, cuyo lenguaje visual osciló entre la figuración de sus inicios y la abstracción, que le acompañó durante toda su trayectoria artística. Su obra, profundamente conectada con el paisaje, buscaba captar las esencias que trascienden la representación clásica. Esta orientación hacia lo abstracto definió su manera personal de interpretar el mundo.

En pleno franquismo, su generación rompió con el imperante paisajismo vitoriano liderado por el grupo “Pajarita” para abrir nuevas narrativas visuales. Ortiz de Elguea formó parte del grupo Orain, un colectivo gazteiztarra que, junto a Emen de Vizcaya, Gaur de Guipúzcoa y Danok de Navarra, constituyó en 1966 la Escuela Vasca bajo la batuta de Jorge Oteiza. Orain, integrado por Joaquín Fraile, Juan Mieg, Jesús Echevarría, Alberto Schommer y el propio Carmelo, desempeñó un papel esencial en la transformación del arte vasco, cuestionando los valores imperantes y posicionando las artes visuales como un espacio de reflexión y experimentación.

La obra de Ortiz de Elguea, como todo arte netamente visual, trasciende idiomas y fronteras, invitando a públicos diversos a reinterpretarla. La pintura no necesita traducción, como ocurre con la literatura o el cine; su lenguaje es directo, universal.

Hoy recordamos a Ortiz de Elguea como un puente entre generaciones, un artista que rompió moldes y demostró que el arte puede ser innovador y profundamente humano. Su trayectoria nos remite a una época en la que las artes visuales desempeñaban un papel cultural más significativo, siendo un espacio de transformación y avance.

Con Carmelo, nos despedimos de uno de los últimos representantes de aquella generación que, en su momento, revolucionó la escena artística vasca, Su obra, profundamente enraizada en su tiempo, pero universal en su alcance, permanece como un diálogo abierto. Un diálogo, sin embargo, que solo podrá continuar si somos capaces de reconocer el papel vital del arte en una era marcada por la globalización, el pensamiento líquido y el flujo constante de información digital. En un mundo donde los bits parecen dominarlo todo, el arte es como un ancla que nos recuerda la importancia del pensamiento lento, de la conexión con lo tangible y de la necesidad de preservar espacios para la reflexión.

Aunque Carmelo ya no esté, su obra sigue ahí, siendo un testimonio de que el arte, en todas sus formas, tiene la capacidad de trascender tiempos, lugares y generaciones.

10.1.25

APOCALÍPTICOS

La inteligencia artificial (IA) ha irrumpido en el mundo de la música, generando debates entre dos posiciones antípodas: los "apocalípticos" y los "integrados", términos acuñados por Umberto Eco en su libro Apocalípticos e integrados (1964). Aunque Eco no se refería a las IA, su análisis del impacto de las tecnologías en la cultura resulta esclarecedora para entender este debate.

Por un lado, los apocalípticos ven en la IA una amenaza directa para los músicos argumentando que podrían reemplazarles, llevando la música a un terreno frío, sin alma que solo la experiencia humana puede aportar. La idea de un "músico robot" capaz de generar una canción en segundos inquieta a quienes defienden que el arte, y particularmente la música, es inseparable de las emociones y la subjetividad del artista.

"Estamos al borde de una deshumanización completa de la música," afirma el compositor británico Thomas Adès. "Cuando una máquina puede analizar patrones musicales y producir melodías que imitan a Bach o a The Beatles, nos enfrentamos a una profunda pérdida cultural."

 

Por otro lado, los integrados aplauden las posibilidades que la IA ofrece para expandir los horizontes creativos. Desde esta perspectiva, la inteligencia artificial no reemplazará a los músicos, sino que se convertirá en una herramienta estupenda para amplificar su capacidad creativa. "Las IA son los nuevos instrumentos musicales," explica Holly Herndon, artista y compositora que ha integrado algoritmos en sus obras. "Así como el piano o la guitarra transformaron la manera de hacer música en su época, la inteligencia artificial abre nuevas formas de pensar y crear."

Entre estos dos extremos se abre un espectro de interrogantes que trascienden la técnica para adentrarse en cuestiones filosóficas y éticas: ¿Podemos considerar "arte" a algo generado por una máquina? ¿Y qué ocurre con la homogenización del gusto musical si los algoritmos son diseñados para priorizar estructuras que maximicen su atractivo comercial?

El dilema también plantea la posibilidad de que los músicos y las IA colaboren, uniendo lo mejor de ambos mundos. El compositor islandés Ólafur Arnalds, conocido por sus mezclas de clásica y electrónica, ya trabaja con una IA: “No veo a la IA como una amenaza, sino como un compañero que me desafía constantemente a innovar," comentaba.

En este contexto, cabe preguntarse si el debate entre apocalípticos e integrados no refleja, en el fondo, una lucha entre nuestra fascinación y nuestro miedo a lo desconocido. Así como en el pasado se temía que la fotografía acabara con la pintura o que el cine destruyera el teatro, las inteligencias artificiales están llevando a la música a una revolución cuyas consecuencias aún no podemos prever por completo.

 

Si el futuro de la música será un paisaje desolado dominado por algoritmos o una sinfonía de posibilidades nunca vistas, dependerá de cómo decidamos integrar estas herramientas en nuestra práctica artística.

3.1.25

TIEMPO AL TIEMPO

El tiempo es un producto cultural. Una afirmación que puede parecer simplona, pero que al detenernos en ella revela cómo la humanidad ha creado un concepto que organiza nuestras vidas, modela nuestras rutinas y estructura nuestras percepciones del mundo. Sin embargo, los animales no entienden de segundos, minutos ni años. No necesitan calendarios ni relojes. Para ellos, el tiempo es otra cosa: el paso de las estaciones, el ciclo del día y la noche o el ritmo de sus propios cuerpos. Para nosotros, en cambio, el tiempo se ha convertido en una construcción cultural que regula cada aspecto de nuestra existencia.

¿Quién inventó el tiempo? Quizá no haya una respuesta sencilla. Los egipcios dividieron el día en veinticuatro horas, los babilonios nos legaron la base sexagesimal que utilizamos para medir los minutos y los segundos, y los romanos introdujeron el calendario juliano que evolucionaría hasta el que usamos hoy. Cada civilización aportó su grano de arena para domesticar algo tan abstracto como el tiempo. Así, a lo largo de la historia, hemos desarrollado formas cada vez más precisas para medirlo, desde los relojes solares hasta los atómicos.
El tiempo también ha sido una fuente inagotable de inspiración para las artes. Poetas como Jorge Manrique hablaron de cómo "nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir". Pintores como Dalí lo representaron derritiéndose en relojes blandos. Músicos como Philip Glass exploraron su naturaleza cíclica y repetitiva en obras como Einstein on the Beach, donde los patrones musicales nos hacen cuestionar nuestra percepción del paso del tiempo. Y cineastas como Christopher Nolan han jugado con su estructura, haciendo del tiempo un personaje más del guion. Las artes no solo reflejan nuestra relación con el tiempo, sino que también nos invitan a cuestionarlo, expandirlo o, incluso, imaginarlo de otras maneras.

En estas fechas de inicios de 2025, el tiempo cobra un significado especial. Cambiar el año en el calendario es un acto cargado de tópico simbolismo: una página que se pasa, un nuevo capítulo que comienza. O que se repite. Como Bill Murray en “Atrapado en el tiempo”. Pero también es una oportunidad para reflexionar sobre cómo lo medimos, lo vivimos y lo entendemos. Quizá podamos aprender algo de los animales, que viven el tiempo de manera instintiva, ajenos a las obsesiones humanas por fraccionarlo y controlarlo. Al fin y al cabo, el tiempo no es más que una creación nuestra, una herramienta que, bien utilizada, puede ayudarnos a vivir mejor.

Este nuevo año podría ser una ocasión —sin calificativos grandilocuentes— para reconsiderar nuestra relación con el tiempo. Quizá sea el momento de darle menos poder sobre nosotros y aprender a saborearlo de maneras más humanas y menos mecánicas, sin querer estrujarlo. Sin que nos provoque estrés. Porque, al final, el tiempo es nuestro, y somos nosotros quienes decidimos cómo vivirlo.

27.12.24

REGALO INMATERIAL

Esta última columna del año quiere ser un regalo navideño. Un gesto simbólico que podría haber salido del saco de Santa Claus o del cesto de Olentzero. No es material, no es un objeto que ocupe una estantería ni tiene envoltorio que abrir. Es una reflexión lanzada al aire, dirigida a quienes toman decisiones desde los poderes públicos o privados.

Este mensaje lanza un envite claro: “Dejad de pensar en la cultura solo como un generador de beneficios económicos”. Los sectores culturales representan un 3,2% del PIB de España, generan empleo, atraen turismo y activan economías locales. Pero reducir la cultura a números significa perder lo esencial. El gran poder de la cultura no es generar dinero.

La cultura es el alma de cualquier sociedad. Es el hilo que conecta generaciones, que enseña a pensar, sentir y entender. Es un espacio donde la complejidad se entrelaza y la diversidad se comprende. Sin cultura, una sociedad no solo deja de avanzar; retrocede hacia la incultura, hacia una ausencia de espíritu crítico que allana el camino al pensamiento simplista.

Como recordaba Nelson Mandela, “La educación y la cultura son las armas más poderosas para cambiar el mundo”. El pensamiento simplista, carente de matices y profundidad, alimenta muchas de las tensiones actuales. La confrontación, el odio y los discursos polarizados prosperan donde no hay cultura. Porque la cultura enseña a escuchar, cuestionar y dialogar. Ofrece herramientas para interpretar el mundo más allá de los eslóganes y las consignas. Sin ella, el ruido sustituye a la palabra y el prejuicio a la comprensión.

La cultura no es un lujo ni un capricho relegable en tiempos de crisis. Es una necesidad básica, como la educación o la sanidad. Es una inversión en la capacidad de una sociedad para afrontar los desafíos con imaginación, solidaridad y empatía. En un mundo acelerado, marcado por la tecnología y los cambios constantes, la cultura da perspectiva y anclaje. Recuerda de dónde venimos y ayuda a imaginar a dónde ir. En palabras de Winston Churchill, cuando se le sugería recortar fondos culturales durante la Segunda Guerra Mundial: “¿Entonces para qué estamos luchando?”.

Olentzero, Papá Noel, Santa Claus, los Reyes Magos o quienquiera que entregue este mensaje espera que quienes lo reciban lo hagan con compromiso. Que entiendan que la cultura no debe justificarse solo por los beneficios que genera, sino por la vida que transforma. Cada recorte a un presupuesto cultural o la minimización de un proyecto artístico resta algo vital a la sociedad.

El deseo para el nuevo año es claro: que la cultura deje de ser una pieza aislada, un adorno o una cifra en un balance. Que vuelva a ser vista como lo que es: un derecho, una necesidad y un acto de resistencia contra la ignorancia. Que quienes tienen poder para decidir la cuiden y la entiendan como el regalo más valioso para la sociedad y las generaciones presentes y futuras.


20.12.24

POBREZA

En estos días cercanos a la Navidad, una época asociada al consumo y la abundancia, resulta necesario reflexionar sobre su contracara: la pobreza. Mientras unos celebran en torno a la opulencia, otros enfrentan las desigualdades y carencias que estructuran nuestro mundo.

La pobreza ha sido siempre un tema recurrente que ha captado la atención de numerosos artistas, quienes han reflejado desigualdades sociales, exclusión y luchas cotidianas. En la época medieval, se vinculaba, obviamente, a narrativas religiosas. Giotto di Bondone, por ejemplo, retrataba la pobreza en sus frescos sobre la vida de San Francisco de Asís, exaltando esta condición como virtud espiritual.

Durante el Barroco, Caravaggio abordó la pobreza con un enfoque más crudo, humanizando a las clases bajas y alejándose de idealizaciones religiosas. En el siglo XIX, el realismo y el naturalismo impulsaron representaciones directas de las condiciones sociales. Gustave Courbet, en "Los picapedreros", y Vincent van Gogh, en "Los comedores de patatas", mostraron la dureza de la vida rural.

En el siglo XX, nuevos enfoques documentaron la pobreza desde perspectivas sociales y políticas. Durante la Gran Depresión, Dorothea Lange capturó su impacto en la fotografía "Madre migrante". Por su parte, Diego Rivera denunció la explotación laboral y destacó la resistencia de los trabajadores en sus murales. En el arte contemporáneo, Santiago Sierra ha criticado la precariedad y la alienación económica en performances como pagar a trabajadores para tatuarse una línea negra.

Actualmente, en el Centro Cultural Montehermoso, la exposición “Pobreza estructural” presenta obras de ocho artistas locales que exploran las dinámicas que perpetúan esta problemática global. Estas miradas diversas invitan al público a reflexionar y debatir sobre los entramados de la pobreza estructural.

Ariana RAC da forma a las tensiones de la especulación urbanística, revelando cómo limita el acceso a la vivienda, mientras Itxaso Díaz denuncia las restricciones al aborto mediante un trabajo audiovisual. Itzal García critica la moda rápida adoptando una postura performativa. Gezus Ramírez, desde su experiencia como migrante, presenta una amalgama de carteles, vídeos y fotografías que denuncian la precariedad laboral que enfrentan quienes se ven obligados a desplazarse.

Lucía Jayo nos sitúa frente al telón de fondo de la pobreza con una instalación en la que pantalones vaqueros sostienen un photocall celeste. Txaro Arrazola examina cómo el capitalismo y el cambio climático agravan las desigualdades desde una perspectiva de género. Zaloa Ipiña utiliza un mapa agrícola para destacar derechos esenciales, y Zirika propone un árbol suspendido como símbolo de la transición del individualismo a la colectividad solidaria.

En última instancia, la exposición no solo refleja las desigualdades de nuestro tiempo, sino que nos recuerda la necesidad de actuar colectivamente para transformar las estructuras que perpetúan la pobreza.

13.12.24

ZAMBULLIDA

Mañana sábado, el espacio alternativo Zas Kultur acoge en su sede de la plaza de San Antón la decimoséptima edición de Inmersiones, un congreso de artistas que, desde 2008, ha sido un punto de encuentro para quienes consideran el arte una herramienta de conexión y transformación. Este congreso celebra la creación artística y fomenta la construcción de lazos sociales y profesionales que nutren el caldo cultural de Euskal Herria.

El plato fuerte de esta edición, como en todas las anteriores, es el propio congreso de artistas, un parlamento abierto al público donde se presentan proyectos emergentes del arte contemporáneo. Nacida en Gasteiz, esta iniciativa está organizada por el colectivo que le da nombre, con el propósito de visibilizar la creación artística local y a sus protagonistas. Concebido desde una lógica de sostenibilidad, Inmersiones se centra en la rentabilidad cultural y se aleja de los focos mediáticos. Busca mostrar trabajos artísticos que, aunque cercanos, permanecen "sumergidos", invitando al público a zambullirse para descubrirlos. Es la única actividad de estas características en nuestro territorio, con una convocatoria previa para seleccionar a los participantes.

Una de las características más destacadas de Inmersiones es la renovación constante de sus comisarios, lo que aporta enfoques frescos y refleja las inquietudes actuales. Además, su espíritu colaborativo se manifiesta en actividades como la comida colectiva al mediodía, en la que los organizadores preparan y sirven el menú para los artistas, creando un ambiente cálido y propicio para el diálogo informal, que también forma parte de la experiencia.

Este año, Inmersiones se ha unido al XIX Feministaldia bajo el lema “Agur eta Ciao”. Los proyectos que se pondrán sobre la mesa del debate abordarán, por lo tanto, el saludo y la despedida, explorando el vínculo y las dinámicas que surgen en estos momentos de encuentro. Feministaldia, un festival de cultura feminista que nació en Donostia en 2005, aporta en esta edición una perspectiva complementaria que enriquece el planteamiento de esta edición, haciendo del saludo y la despedida un terreno fértil para la reflexión y la creación.

Inmersiones no es solo un congreso; es un espacio donde convergen el arte y lo cotidiano, un entorno que evoca la esencia de la creación y el intercambio. Para quienes deseen experimentar un contexto artístico genuino, donde lo humano y lo profesional se entrelazan de forma natural, esta es una oportunidad estupenda. En un panorama cultural que a menudo puede parecer distante, Inmersiones ofrece un modelo de encuentro real, construido desde la proximidad.

Mañana, Zas Kultur será, en definitiva, durante todo el día el lugar ideal de reunión para artistas y amantes del arte contemporáneo. Inmersiones sigue siendo un ejemplo de resistencia cultural, demostrando que el arte puede seguir siendo un espacio de encuentro genuino y natural, incluso en tiempos inciertos para la cultura.

6.12.24

CONSTITUCIÓN

Hoy, viernes 6 de diciembre, se celebra el Día de la Constitución, ese documento que, desde 1978, se considera el marco fundamental del pacto social que nos debería incluir a todos.

Entre derechos, deberes y artículos legales, también encontramos en él un guiño al arte y la cultura, reconociéndolos como piezas clave para cualquier comunidad que aspire a algo más que sobrevivir: crecer, pensar y cuestionarse. Sin embargo, entre lo que se escribe y lo que se vive siempre hay un trecho, y en ese espacio residen las dudas sobre qué lugar ocupa realmente la cultura en nuestra sociedad.

El texto nos dice que “los poderes públicos promoverán y tutelarán el acceso a la cultura, a la que todos tienen derecho”. Suena bien. Pero si bajamos de las palabras a los hechos, nos topamos con una realidad que a menudo trata a la cultura como un lujo, un espectáculo para consumir o un producto turístico. ¿Qué significa eso de garantizar el acceso a la cultura cuando las políticas culturales van a trompicones, dependiendo del presupuesto o del político de turno?

Otro de los artículos es el 20, que protege la libertad de expresión y, con ella, la creación artística. Parece un salvoconducto para que el arte incomode, provoque y nos saque de nuestras certezas. Pero la precariedad económica empuja a muchos creadores a autocensurarse, a buscar lo "seguro" antes que lo disruptivo. Y aunque no suele haber censura explícita, las normativas y sensibilidades políticas limitan, sutilmente, pero con eficacia, lo que puede o no puede decirse.

Luego está la descentralización, esa idea de que cada rincón del país debería tener sus propios focos culturales. Pero, en la práctica, mientras las grandes ciudades nadan en recursos, las áreas rurales o periféricas se quedan con lo que buenamente pueden sacar adelante. Es como si el acceso a la cultura dependiese de tu código postal, lo que no solo es injusto, sino que empobrece el panorama cultural general, apagando voces que podrían aportar diversidad y frescura.

Además, la cultura se ve a menudo como una herramienta utilitaria: sirve para atraer turistas, para fortalecer la marca-país, para decorar informes políticos. ¿Y su capacidad para construir una ciudadanía crítica? Eso queda relegado, porque pensar y cuestionar no siempre encajan bien con las narrativas oficiales o con los objetivos inmediatos de las administraciones.

Al final, el arte y la cultura necesitan mucho más que un par de menciones en la Constitución. Necesitan compromiso, inversión y una sociedad que entienda su valor más allá del entretenimiento. Tal vez hoy, en lugar de solo conmemorar el día, podríamos preguntarnos qué estamos haciendo para que esas palabras en el papel se conviertan en realidades: ¿qué estamos haciendo para que el arte y la cultura no solo existan, sino que tengan un impacto real en nuestra manera de interpretar el mundo?

Es una pregunta molesta, sí. Pero, como todo buen arte, las preguntas incómodas son las más valiosas
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29.11.24

EL DERECHO AL NO

La polémica sobre la negativa de la Diócesis de Vitoria a permitir el rodaje de El Sacamantecas en la Catedral abre un interesante debate sobre los derechos de los propietarios frente a los intereses de la industria cinematográfica o incluso de las ciudades. En un momento en que muchas urbes, incluida Gasteiz, buscan posicionarse como destinos atractivos para rodajes, este tipo de tensiones muestra los borrosos límites entre la promoción cultural y el respeto a la autonomía de los espacios privados o semiprivados.

La Diócesis justificaba su negativa aludiendo, por un lado, a la incompatibilidad de las fechas propuestas con las actividades litúrgicas de la catedral y, por otro, al contenido de la película, que no consideraba adecuado para un espacio con significado religioso. Estas explicaciones no han evitado las críticas del Ayuntamiento y de ciertos sectores culturales, que interpretan la decisión como una falta de compromiso con la promoción de la ciudad.

¿Debe una institución estar obligada a ceder su espacio para el rodaje de una película, por importante que sea para la posible proyección económica de una ciudad? La respuesta es clara: no. Que la catedral haya recibido financiación pública para su restauración no convierte automáticamente su gestión en una cuestión municipal. Sigue siendo un templo gestionado por la Iglesia Católica, que tiene derecho a decidir qué usos permite en sus instalaciones, nos guste o no.

Un caso similar ocurrió en Bilbao durante el rodaje de una película de James Bond. Durante la grabación de una escena en Guggenheim: una vecina se negó a abandonar su ventana desde la que observaba a Pierce Brosnan y al equipo. Aunque los responsables del rodaje intentaron negociar, la mujer insistió en permanecer en su espacio, recordando que ninguna superproducción podía obligarla a renunciar a sus derechos. Este incidente subraya la importancia de respetar los límites individuales frente a intereses colectivos, incluso cuando se presentan como beneficios para la comunidad.

Si bien los rodajes aportan dividendos económicos, es importante gestionarlos desde el respeto y el diálogo, garantizando que todos los implicados se sientan escuchados. La cesión de un espacio debe ser siempre fruto de un acuerdo libre, sin presiones mediáticas ni institucionales. El apremio público para forzar cesiones puede generar el efecto contrario: el rechazo a futuros proyectos. Decir “no” también forma parte del derecho a gestionar un patrimonio y proteger el significado original que le otorgan sus propietarios, sea una iglesia, una mezquita o una sinagoga.

Así como la vecina de Bilbao defendió su ventana, su hogar, frente a una producción internacional, la Diócesis de Gasteiz tiene derecho a proteger un templo que considera no solo un edificio histórico, sino un lugar sagrado. Al final, la altura de miras de una ciudad no está solo en lo que se muestra en pantalla, sino en cómo respeta las historias de quienes la habitan.


22.11.24

EL OTRO GUERNICA

La reciente donación de 85 obras de arte por parte de la Fundación Juan Celaya a la Diputación Foral de Álava no solo ha servido para saldar una deuda de 4,3 millones de euros, sino que también ha generado reflexiones sobre el valor del arte como herramienta de memoria y patrimonio colectivo. Muchos de los cuadros —incluidas las piezas más destacadas de la colección— ya estaban en manos del Museo de Bellas Artes gracias a un convenio de 2018. Por ejemplo, el museo ya exhibía el Tríptico de la guerra de Aurelio Arteta antes de hacerse ahora con su plena propiedad. Esta obra monumental, aunque mucho menos conocida que el Guernica de Picasso, comparte con este la capacidad de narrar los horrores de la Guerra Civil Española.

El Tríptico de la guerra, valorado en 1,2 millones de euros, incluso ha llegado a exponerse en el Guggenheim como pieza coetánea al Guernica. Pintado en 1937 durante el exilio de Arteta en Biarritz, el tríptico se estructura en tres paneles: El frente, El éxodo y La retaguardia. Juntas, estas escenas construyen una crónica visual de la guerra. En El frente, un joven soldado observa impotente los aviones de combate surcando el cielo, mientras los cadáveres de sus camaradas yacen a su alrededor. El éxodo, el panel central, constituye el epicentro de la obra: una despedida en el puerto, donde los jóvenes parten hacia el frente, dejando a sus familias sumidas en la incertidumbre y el desconsuelo. Finalmente, La retaguardia nos traslada a los escombros de un bombardeo, mostrando a una madre y su hijo muertos, símbolos de la tragedia civil.

Esta obra ha sido comparada con el Guernica. Existe una anécdota según la cual Julián de Tellaeche, entonces director del Museo de Arte Moderno, propuso que el Tríptico de la guerra fuera el eje central del pabellón español en la Exposición Internacional de París de 1937, sustituyendo al Guernica. Si bien esta idea nunca cuajó, no cabe duda de que el impacto de la obra de Arteta era ampliamente reconocido en su tiempo.

Mientras que el Guernica de Picasso apuesta por la abstracción y la universalidad, apelando a lo simbólico, Arteta pone rostro y narrativa a las víctimas. En lugar de un grito abstracto, Arteta nos confronta con la cotidianeidad de la pérdida y el dolor, conectando con el espectador a un nivel visceral y personal.Pero ¿qué habría sucedido si el Tríptico de la guerra hubiera ocupado el lugar del Guernica en París? Probablemente habría sido recibido como un testimonio directo y humano de la devastación de la Guerra Civil, quizás más cercano a los espectadores por su carga narrativa. Sin embargo, es muy posible que no hubiera alcanzado la resonancia mundial del Guernica, cuya abstracción lo eleva a un símbolo atemporal contra la guerra. El Tríptico de la guerra habría sido un excelente embajador de la Guerra Civil, pero su voz no se habría extendido tan lejos ni habría logrado convertirse en el icono global que el Guernica representa hoy.

15.11.24

WORLD PRESS FOTÓN

La sobreexposición diaria a imágenes desgarradoras y emotivas ha llevado a una paradoja inquietante: en lugar de despertar nuestra empatía y movilización, parece estar creando un bloqueo emocional. Este fenómeno, que el sociólogo Leonidas Donskis describe como "adiaforosis", es una especie de desconexión emocional que permite a las personas reaccionar ante escenas impactantes como si se tratara de objetos inanimados o acontecimientos ajenos. Frente a las tragedias y conflictos que nos muestran a diario, esta insensibilización transforma la experiencia en algo distante, en una historia que les sucede a otros, allá, en un mundo que no sentimos propio.

En este contexto, la exposición World Press Photo, que ha vuelto a Vitoria-Gasteiz para marcharse este domingo, propone, como cada otoño, una inmersión visual en algunos de los conflictos, dramas y realidades más crudas de la actualidad. Un total de 140 fotografías de 30 fotógrafos, representando a 24 países, llenan los 60 paneles instalados en el Depósito de Aguas del Centro Cultural Montehermoso, mostrando historias que van desde la falta de futuro de la juventud en Túnez hasta las heridas medioambientales de la guerra en Ucrania.

Cada año, World Press Photo impulsa una exposición itinerante que recorre todo el mundo con las mejores imágenes de su última edición. Viena, São Paulo, Turín, Budapest… han precedido a Vitoria en los últimos meses. Entre las imágenes de este año, destaca la fotografía del gazatí Mohammed Salem, quien capturó el dolor de una tía al abrazar el cuerpo sin vida de su sobrina de cinco años, víctima de un ataque israelí. Esta imagen ganadora del World Press Photo 2024 ilustra el horror de un conflicto sin tregua, donde la pérdida y la desesperación se vuelven cotidianas para muchos.

Sin embargo, la cuestión que persiste es si estas impactantes imágenes realmente logran traspasar la barrera de la adiaforosis y movilizar al espectador, o si se convierten, como tantas otras, en parte del ruido visual que nuestra sensibilidad moderna, desgastada, asimila sin consecuencias reales. ¿Logra World Press Photo sensibilizarnos? ¿O simplemente admiramos la estética de la tragedia a una distancia segura y nos quedamos contemplando lo que algunos llaman “fotazos” o “fotones”, como cuando vamos al cine y salimos diciendo que hemos visto un “peliculón”?

Aun con actividades paralelas, como el debate "EnfocAH: el fotoperiodismo en un mundo en conflicto", con la participación de periodistas y expertos, la pregunta sigue siendo si el fotoperiodismo puede hoy en día remover conciencias como en décadas anteriores. En una era donde cada imagen impactante es rápidamente sustituida por otra, parece que la sobrecarga visual no genera reacción, sino resignación. Así, nos enfrentamos a una inquietante realidad: la capacidad de la imagen para conmover parece cada vez más disminuida, atrapada en un ciclo donde el impacto visual nos hace mirar… pero no siempre ver.

8.11.24

ESCALONES

Desde el siglo XIX, el formato de concurso en las artes visuales ha sido un recurso esencial para promover el talento y dar visibilidad a nuevos artistas. Los primeros concursos oficiales se remontan a las grandes exposiciones y salones artísticos europeos, como el Salón de París, donde creadores de diferentes lugares competían por un espacio en las acreditadas galerías de la época y, con ello, la oportunidad de darse a conocer. Este modelo se ha expandido y adaptado hasta nuestros días, transformado en una plataforma clave para jóvenes artistas que buscan su lugar en el complejo mundo del arte.

El concurso no solo ofrece un incentivo monetario, sino también, una vitrina pública donde el arte puede ser observado, comentado y discutido. Muchos artistas que hoy tienen una voz consolidada impulsaron su carrera participando en concursos. “La competencia es una prueba de resistencia más que de talento”, comentaba el artista contemporáneo Gabriel Orozco, destacando cómo este tipo de formatos no solo miden la habilidad, sino también la perseverancia y dedicación de los participantes. En un contexto donde muchas veces las oportunidades para darse a conocer son escasas, el concurso se convierte en una vía legítima para difundir el arte y abrirse camino.

Por supuesto, el formato de concurso conlleva la realidad de vencedores y vencidos, lo cual plantea un reto intrínseco: la subjetividad en la valoración artística. Los jurados, generalmente compuestos por expertos del ámbito cultural, enfrentan la compleja tarea de discernir entre obras dispares, donde los criterios de calidad pueden fluctuar y los gustos personales pueden influir. ¿Qué hace que una obra sea más premiable que otra? ¿Es la técnica, el concepto, la ejecución, o el mensaje que transmite? La respuesta nunca es sencilla, y cada concurso se enfrenta al desafío de hacer justicia a las propuestas presentadas. Sin embargo, como dice el dicho, “el que la sigue, la consigue”. A veces, el premio no llega a la primera ni a la segunda vez, pero si una obra tiene algo que comunicar, tarde o temprano, el talento es reconocido.

Hoy viernes, en Vitoria, el arte tiene una cita doble. A las siete de la tarde, en la Escuela de Artes y Oficios, se inaugura la exposición de los seleccionados y ganadores del certamen Arte Vital 2024. Y, una hora más tarde, en Zas Kultur, se abrirán las puertas a la exposición de los ganadores del certamen del año pasado: Natalia Albeniz, Alejandra Bueno, Zirika y Jesús Ramírez.

Los concursos, en su esencia, representan un rito de paso en la vida de los artistas. No solo son una oportunidad para mostrar el trabajo, sino también, como un escalón en una escalera, un punto de apoyo para llegar al siguiente: una beca, una exposición en una galería... Al final del día, tanto los que ganan como los que no encuentran en esta experiencia una motivación para seguir creando y explorando nuevos caminos en el arte.

1.11.24

TRINCHERAS DE TINTA

En una época en que la conexión digital se ha vuelto omnipresente, los centros socioculturales cobran una relevancia especial, especialmente en los entornos rurales, donde la vida comunitaria se ha convertido en una necesidad y un motor de cohesión. Estos espacios revitalizan las interacciones locales y brindan a sus habitantes un lugar de encuentro más allá de los también omnipresentes bares.

La mayoría de estos centros ofrecen servicios como bibliotecas y espacios multiusos que se adaptan tanto a talleres artísticos como a actividades deportivas. Son lugares donde la cultura, la educación y el entretenimiento confluyen, funcionando como un auténtico “pegamento social”.

Pero un espacio sociocultural no es solo un edificio de reunión; es un punto clave que configura la identidad y las relaciones del lugar. Los talleres de arte ayudan a los vecinos a explorar su creatividad, las actividades deportivas fomentan buenos hábitos, y las áreas de reunión ofrecen un espacio para que los residentes se organicen en torno a diversas iniciativas. En un contexto donde la despoblación rural sigue siendo un reto, estos centros generan un sentido de pertenencia y brindan una red de apoyo.

Un ejemplo a reseñar es el Centro Sociocultural de Zigoitia, en Álava. Este concurrido espacio, consolidado como un referente para la comunidad, reúne servicios que lo convierten en un auténtico centro multifuncional. Entre sus instalaciones, destacan una colorista ludoteca, una acogedora sala de reuniones, una biblioteca bien alimentada, un bonito teatro y salas polivalentes que permiten una variedad de actividades, adaptándose a las necesidades de sus usuarios y abonando la urdimbre social.

El martes pasado, este centro acogía una exposición de cómic incisivo y humorístico: Trincheras de tinta, resultado de la colaboración entre el festival de humor Komedialdia y la Asociación de Dibujantes de Cómic Atiza. Esta muestra, pensada para recorrer distintos pueblos de la provincia, ofrece una mirada satírica sobre la guerra y sus consecuencias, invitando a una reflexión crítica sobre los conflictos bélicos desde una perspectiva de denuncia humorística.

Trincheras de tinta reúne obras de la revista satírica TMEO, famosa por su humor irreverente, y de la Asociación Atiza, que en su publicación Hazañas pacíficas (2012) defiende la paz. Las viñetas, firmadas por autores como Abarrots, Ata, Alvarortega, Mauro Entrialgo, Furillo, Simónides, Listo y Larri, funcionan como herramientas de protesta contra la guerra.

Así, Trincheras de tinta se convierte en un espacio simbólico donde la tinta reemplaza a las armas. Exposiciones como esta revitalizan los espacios donde se presentan, nutriendo el necesario espíritu crítico.El humor es cosa seria; es un “disparo” que estimula nuestro pensamiento y nos ayuda a bienvivir. Trincheras de tinta nos recuerda que, en manos de quienes buscan cuestionar la realidad, el humor puede convertirse en una verdadera trinchera de resistencia.

25.10.24

MALISMO

El concepto de "intelectual" ha cambiado a lo largo de la historia, adaptándose a los contextos sociales y políticos de cada época. En la antigüedad, figuras como Sócrates y Aristóteles representaban el pensamiento crítico. No fue hasta finales del siglo XIX, con personas como Émile Zola, cuando surgió el "intelectual moderno", un pensador que utilizaba su influencia para participar en los debates públicos y denunciar injusticias.

Durante el siglo XX, el intelectual comprometido, encarnado por autores como Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, desempeñó un papel clave en las luchas sociales y políticas. Estos pensadores no solo reflexionaban sobre la realidad, sino que también actuaban en ella, promoviendo cambios. Con el tiempo, el concepto de intelectual se ha diversificado. Nuevas voces, como activistas y divulgadores, han surgido para influir en el pensamiento crítico desde plataformas alternativas. La tecnología ha permitido que estos nuevos intelectuales ya no dependan de las instituciones académicas, sino que puedan emerger desde espacios más accesibles y horizontales.

A pesar de su relevancia histórica, el término "intelectual" parece estar en desuso hoy en día, a veces asociado a una visión elitista o anticuada. En un mundo dominado por la inmediatez de la información y la proliferación de expertos en diversas áreas, ha perdido parte de su fuerza.

En este contexto, el gasteiztarra Mauro Entrialgo se posiciona como un intelectual del siglo XXI, pero desde una perspectiva underground. Aunque es más conocido como dibujante de cómic, en su última publicación Malismo abandona temporalmente ese medio para dedicarse a la escritura. El pasado miércoles, presentaba este ensayo en el Museo Artium, bajo el subtítulo "La ostentación del mal como estrategia". En esta obra, Mauro acuña el término "Malismo" para describir cómo la provocación y el uso del mal se han convertido en herramientas de promoción y marketing. Con su característico humor y reflexión aguda, Entrialgo invita a reflexionar sobre cómo el mal se instrumentaliza para generar impacto, revelando las contradicciones de una sociedad que parece depender del escándalo para captar la atención.Entrialgo encarna el nuevo perfil de intelectual que disecciona las complejidades y paradojas de la sociedad contemporánea a través de la crítica social, la reflexión y el humor. Su enfoque destaca por utilizar el mal como un espejo que revela las fallas morales en el comportamiento humano. "Hoy el mal es rentable y no porque sea mal visto, sino porque es espectacular", señala Entrialgo. En este sentido, Malismo se convierte en una herramienta crítica que analiza cómo el escándalo y la provocación se han normalizado como estrategias efectivas, tanto en el ámbito comercial como en el cultural. Además, como telón de fondo, nos invita a replantearnos el papel del intelectual en el siglo XXI. Entrialgo, en resumen, nos recuerda que, en estos tiempos, necesitamos más intelecto y menos espectáculo.

18.10.24

VA DE FANZINES

En el espacio cultural Zas Kultur se puede visitar desde ayer una muestra que reúne más de medio centenar de fanzines de cómic realizados a lo largo de las tres últimas décadas. Esta colección pone de relieve la autoedición y la creatividad que caracterizan a los fanzines, publicaciones no profesionales que, en su mayoría, son fruto de esfuerzos individuales o colectivos, alejados de los circuitos comerciales convencionales.

La exposición ofrece un recorrido por estos formatos autogestionados, con ejemplos tan variados como fotocopias en blanco y negro, algunas de ellas unidas con grapas, hasta publicaciones a color impresas en offset, e incluso algunas distribuidas en quioscos, como si fueran revistas de cómic comerciales. La diversidad de presentaciones y técnicas empleadas por los "fanzineros" revela el carácter independiente y flexible de este medio.

Entre las publicaciones destacadas se encuentra la emblemática revista TMEO, con 37 años de existencia y sede en Vitoria-Gasteiz. Con una tirada de 2.500 ejemplares y periodicidad bimestral, el TMEO es un referente del cómic satírico y underground. Junto a ella, se expone Monográfico, una publicación burgalesa de distribución gratuita que, al igual que el TMEO, lleva más de tres décadas en circulación. Ambas se financian con publicidad de pequeños comercios locales, aunque el TMEO también se vende en tiendas de cómic y quioscos del País Vasco. Monográfico, fundada en Burgos en 1987 por Luan Mart, es una revista de humor que combina relatos cortos, historietas y montajes visuales, distribuyéndose gratuitamente cada dos meses en más de 1.000 establecimientos de España.

También forma parte de la muestra El Batracio Amarillo, una revista de contenido político que, desde hace 30 años, se distribuye gratuitamente en Granada, especialmente en facultades, bares y otros espacios sociales. A esta publicación se suma Zasca!, un fanzine de Aranjuez que, con dos años de existencia y diez números publicados, continúa la labor de la extinta revista El Cretino, manteniendo viva la crítica y el humor a través del cómic.

Finalmente, la exposición rinde homenaje a la desaparecida Gallina Vasca, una publicación en formato cuaderno plegado, editada en euskera y castellano, que estuvo en circulación entre 2009 y 2019. Con esta selección de fanzines, Zas Kultur ofrece una visión de la historia del cómic independiente en España y el País Vasco, resaltando la riqueza cultural y la resistencia de estas publicaciones frente a las corrientes editoriales predominantes.

La exposición se complementa con otro proyecto coincidente en tiempo y espacio: Fanzine leku, un espacio gratuito y de acceso libre para la autoedición de fanzines de cómic que se está desarrollando hasta finales del mes que viene, en los horarios habituales de Zas. Va dirigido a los jóvenes interesados, quienes pueden acercarse para aprender a autoeditar fanzines.


11.10.24

ARTE SECUENCIAL

El cómic, durante mucho tiempo considerado una forma de entretenimiento menor, ha evolucionado hasta convertirse en un medio de expresión completo y complejo, que abarca desde la crítica social hasta la exploración de la condición humana. A través de la combinación de narrativa y arte visual, el cómic, como "noveno arte", ha logrado consolidarse como un lenguaje capaz de transmitir ideas complejas de manera accesible y creativa. Como afirmaba el guionista Alan Moore, “el cómic, cuando se hace correctamente, es probablemente la forma de comunicación más compleja que la raza humana ha inventado”. Y es que, más allá de su aparente simplicidad, el cómic exige a su creador el dominio de diversas disciplinas artísticas.

Al igual que el cine, el cómic es un arte secuencial. Pero en el “noveno arte” el historietista realiza “cine sobre papel” en solitario pues asume múltiples roles: es el director, quien decide el encuadre y el ritmo de la acción; es el guionista, que crea los diálogos y estructura la historia; es el decorador, que establece los escenarios y ambientes; y, al mismo tiempo, es el actor o los actores, que expresan las emociones y acciones de los personajes. Cada viñeta y cada página requieren una planificación meticulosa y una ejecución detallada, lo que convierte al cómic en un medio sofisticado y exigente, donde el creador debe desplegar una gran versatilidad para dar vida a sus historias. Sin embargo, a pesar de esta complejidad, la labor de los historietistas no siempre se valora como debería.

Iniciativas locales como el Concurso Crash Cómic, con más de dos décadas de trayectoria, son fundamentales para fomentar el talento en este ámbito. Con dos categorías según la edad de los participantes (de 12 a 17 y de 18 a 30 años) y una gran flexibilidad temática y formal, el certamen ofrece un espacio donde se otorgan premios tanto en material de dibujo como en metálico. Esto no solo apoya la continuidad de la creación artística, sino que también reconoce el esfuerzo de los participantes. Los cómics premiados se publicarán en medios locales como el diario Noticias de Álava, y el cómic ganador se incluirá en la emblemática revista TMEO, lo que garantiza una plataforma de difusión para estas voces emergentes. Además, se organizará una exposición en Zas Kultur y se publicará un fanzine con una selección de los cómics ganadores. El “pack” completo.

Todo esto es posible gracias a la labor de la Asociación de Dibujantes de Cómic Atiza, que organiza y coordina Crash Cómic con el apoyo del Ayuntamiento de Gasteiz y la Fundación Vital. En un momento en el que el cómic está siendo reconocido por su valor cultural y su capacidad para reflejar las inquietudes de nuestra época, “el Crash” se convierte en un espacio esencial para dar a conocer a los nuevos autores, “crear cantera” y consolidar al cómic como un medio artístico y comunicativo clave
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4.10.24

ZAS KANPOAN

En nuestro día a día, tendemos a valorar el producto local en ámbitos como la gastronomía o la música. Reconocemos las cualidades de un queso elaborado a pocos kilómetros o de una banda que ensaya en el barrio. Sin embargo, cuando hablamos de arte contemporáneo, esa cercanía parece diluirse. A menudo, preferimos las referencias de fuera, sin ver que en nuestro entorno hay una comunidad artística que también merece atención.

¿Por qué es importante conocer el arte de nuestro contexto cercano? La respuesta está en la conexión que se genera al conocer a los artistas y sus procesos. Del mismo modo que entendemos mejor la historia de un plato cuando sabemos quién lo cocina y cómo lo elabora, la experiencia artística se enriquece al conocer a las personas detrás de las obras.


El gusto, en cualquier ámbito, se nos transmite por proximidad: desarrollamos nuestros primeros intereses gracias a lo que vemos en nuestros padres, profesores o amigos. La literatura se aprende con un buen maestro, y a apreciar la buena música nos enseña un amigo entusiasta. El arte contemporáneo no debería ser diferente: se contagia entre iguales.

El acceso a las personas que crean es fundamental. Escuchar a un artista hablar sobre su obra no debería ser una experiencia intimidante, sino cercana. Para lograrlo, es necesario que adopten un enfoque divulgativo y utilicen un lenguaje natural, como el que emplearían con sus colegas. La accesibilidad en el discurso es clave para que el arte contemporáneo deje de percibirse como un mundo ajeno. No es fácil, pero, al igual que científicos como Hawking han desempeñado una gran labor divulgativa, con el arte contemporáneo también es posible. Como decía Gauguin: “El público quiere entender y aprender en un solo día, en un solo minuto, lo que el artista ha pasado años aprendiendo”. Por eso, la figura del divulgador es esencial.


Ayer tuvimos un ejemplo claro de este acercamiento. En el Centro Cultural Montehermoso, de la mano de Zas Kultur, se realizó la primera entrevista de un ciclo de seis encuentros con artistas vinculados a nuestra ciudad. La artista Itzal García fue entrevistada por Jesús Ramírez en un formato periodístico poco habitual en el mundo del arte. Bajo el nombre "Interacciones", este ciclo busca desvelar lo que hay detrás de la obra, acercando al público a los artistas.

Y la actividad no se detiene ahí. El próximo jueves, en la Sala Amárica, comenzará otro ciclo dedicado al arte cercano, esta vez centrado en prácticas fotográficas, titulado "Reflex". Se trata de cuatro talleres teóricos donde cada artista explicará la “cocina” de sus trabajos. La primera fotógrafa en abrir este ciclo será Rocío López.


De esta manera, Zas Kultur abandona su sede en la Plaza de San Antón durante estos meses para conectar con otros espacios de la ciudad. Con su nuevo programa, “Zas Kanpoan”, busca extender su programación más allá de los límites de su sede habitual, tejiendo nuevas alianzas con otros espacios de arte contemporáneo.

27.9.24

ARTE ÚTIL

Sobre el arte contemporáneo, es común escuchar la crítica de que muchas obras parecen carecer de utilidad o significado claro. Sin embargo, esta percepción subestima algo esencial: todo arte es útil, aunque su utilidad no siempre sea evidente o inmediata. Esta idea, que a veces pasa desapercibida, está en el centro de lo que entendemos por arte útil, un concepto que va más allá de lo decorativo o lo estético, para incluir el impacto social y emocional que el arte puede tener en nuestras vidas.

Las primeras expresiones artísticas de la humanidad, como las pinturas rupestres, no solo eran una forma de expresión estética, sino también una manera de transmitir información y contar historias. Los frescos y esculturas del Renacimiento, por ejemplo, no solo buscaban la belleza, sino que educaban a una sociedad mayoritariamente analfabeta, enseñando lecciones religiosas o históricas a través de imágenes. En este sentido, el arte siempre ha tenido una función social clara, aunque a veces no la reconozcamos como tal.

En la actualidad, el concepto de arte útil ha cobrado un nuevo sentido. Con obras que no se limitan a una simple contemplación, sino que busca intervenir en la realidad social de manera directa. Un ejemplo es el proyecto Immigrant Movement International de Tania Bruguera, que no solo es una obra artística en sí misma, sino una iniciativa práctica que brinda servicios y apoyo a inmigrantes en Nueva York. Aquí el arte se convierte en una herramienta real para generar cambio, alejándose de la mera exposición en museos o galerías. Este tipo de arte no es solo para ser visto, sino para ser vivido y experimentado, y su utilidad radica en su capacidad para transformar vidas y situaciones.

El arte participativo, donde los espectadores forman parte activa de la obra, es otro claro ejemplo de cómo el arte puede ser útil al fomentar el diálogo, la interacción y la colaboración. Proyectos en los que el público se involucra directamente. Este arte no busca crear objetos físicos, sino experiencias que inviten a la reflexión y a la participación.

Aunque estas formas de arte parecen alejadas de lo que muchos consideran "arte tradicional", la verdad es que todo arte tiene una función. Incluso el arte que parece más distante de la vida cotidiana cumple una labor fundamental al estimular emociones, cuestionar creencias o generar nuevas formas de ver el mundo. El surrealismo, por ejemplo, criticado en su momento por su aparente desconexión con la realidad, ha sido profundamente influyente en cómo comprendemos el subconsciente, los sueños y la imaginación. Su utilidad no estaba en lo práctico, sino en abrir espacios para el autodescubrimiento.

La utilidad del arte no siempre está en lo práctico; a veces, su valor radica en hacernos pensar, en provocar una reflexión que tarde en llegar. El arte, en todas sus formas, siempre ha sido y siempre será útil, ya sea p
orque transforma la realidad física o porque nos transforma a nosotros mismos desde dentro.

26.7.24

TXOSNAS BAI

Gasteiz enfrenta estos días una acalorada polémica que amenaza una de sus tradiciones festivas más populares y alternativas: las txosnak, que este verano celebran 43 años. El rifirrafe surge por la implementación de Ticket BAI, un sistema de facturación electrónica, recordemos, que ahora se exige a estas estructuras festivas. Este sistema obliga a todo quisque vasco facturador a enviar cada factura o ticket directamente a la Hacienda Foral, aumentando el trabajo para los “quisques” y reduciéndolo para las Haciendas.

La adopción de Ticket BAI ha sido desigual. Álava fue la primera en dar un paso al frente en 2022, seguida de Gipuzkoa en 2023. En Bizkaia, por las quejas de muchos autónomos, la obligatoriedad comenzará en 2024 para las grandes empresas y se extenderá hasta 2026 para todos los negocios, mostrando una estrategia más cabal. Recordemos que las asociaciones sin ánimo de lucro pueden solicitar exenciones si demuestran que persiguen un interés general.

La obligatoriedad de Ticket BAI para las txosnak de Gasteiz ha desatado una “heavy” reacción de la comisión de txosnak, que argumenta que su actividad es autogestionada y sin ánimo de lucro, realizada gracias al curro voluntario de cientos de personas. Equiparar las txosnak con cualquier actividad privada con fines lucrativos es, según ellos, una injusticia.

Durante las fiestas de Gasteiz, las tascas ven reducidas sus ingresos, ya que muchos prefieren las txosnak en las últimas horas de la noche. Además de las txosnak, los conciertos en su recinto, beber al aire libre, crean un “buen rollo” difícil de replicar en una terraza de bar. Por esta razón, la mayoría de los propietarios de gatitos desean que las txosnak traguen con el Ticket BAI. Si ellos deben someterse a este sistema del que se quejaron en su día, quieren que todos lo sufran igual.

El Diputado General ha sido claro: Ticket BAI es obligatorio para todos los contribuyentes en Álava, sean arquitectos, grandes empresarios o txosneros, salvo que puedan justificar una exención.

El martes pasado se supo que las txosnas se reunirán con la “Dipu” para determinar de qué manera pueden instalar el Ticket BAI. En este encuentro se estudiará si estos once colectivos están eximidos de incluir un código 'QR' al vender kalimotxos o cañas en sus txosnas por ser asociaciones sin fines lucrativos que persiguen un interés general. Si no es así, los responsables forales les explicarán cómo implementar el aparataje Ticket Bai dentro de las txosnas para que no acabe siendo un bonito –y costoso- pisapapeles. Es importante recordar que, como en muchos pueblos, algunos colectivos que organizan las txosnak pueden no ser asociaciones formales, sino grupos de amigos sin entidad jurídica establecida.

Crucemos los dedos para que se encuentre una solución que reconozca las particularidades de las txosnak y su contribución a nuestras fiestas. Recordemos también que las leyes deben adaptarse a las necesidades de los ciudadanos, y no viceversa.


12.7.24

VIRUS MUSICAL

El jazz, que nació como tal a finales del siglo XIX en los bulliciosos barrios de Nueva Orleans, es mucho más que un simple género musical. Es una receta sonora estimulante que combina ritmos africanos, melodías europeas y la profunda melancolía del blues, creando así un cóctel singular de sonidos y emociones. Esta amalgama sonora, con tantas capas, dio vida a una forma de expresión musical marcada por la improvisación, los ritmos quebrados y la interacción fundamental entre los músicos, permitiendo una libertad creativa infinita. Como bien dijo Louis Armstrong, "El jazz no es lo que tocas, es cómo lo tocas”.

Desde 1977, casi medio siglo ya, el Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz ha sido un referente esencial en el panorama jazzístico internacional. Este encuentro, celebrado cada julio, ha reunido a algunas de las figuras más influyentes del jazz mundial, convirtiéndose en un punto de encuentro referencial para artistas y aficionados.


Sin embargo, la verdadera chispa del Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz se despliega más allá de los grandes escenarios. Durante estos días de julio, la ciudad parece tener una banda sonora de música jazz. Las calles y bares de Gasteiz se llenan de pequeños conciertos, y actuaciones improvisadas, creando una atmósfera de disfrute bajo la batuta del jazz. Johnny Griffin lo expresó perfectamente: "El jazz es la música de los bares y las cavas", subrayando cómo estos ambientes íntimos capturan el auténtico ADN del género.

Estas iniciativas al aire libre y en locales acogedores, la sección paralela del Festival, son una buena oportunidad para que vecinos y foráneos se sumerjan en el espíritu del jazz de manera cercana y natural. Los transeúntes pueden detenerse a escuchar a músicos que, con su pasión como bandera, transforman cada nota en una experiencia contagiosa. Al mismo tiempo, estas actuaciones permiten a la gente conectarse, compartir impresiones y disfrutar de una experiencia cultural mientras pasean por la ciudad o se relajan con un vino o cerveza en la mano. Como dijo William H. Whyte, “La calle es el río de la vida de la ciudad, el lugar donde nos encontramos, el camino hacia el centro

El Festival de Jazz de Gasteiz no es solo un evento musical, sino un acto comunitario que invita a todos a participar aprovechando que las vacaciones estivales están a la vuelta de la esquina. La música se convierte en un pegamento que une a personas de diferentes orígenes y edades, fomentando un ambiente más relajado. Una buena medicina para combatir el estrés de nuestro día a día.

En definitiva, más allá de las actuaciones de renombre, lo que realmente este festival aporta a la ciudad es su capacidad para que la magia del jazz nos contagie como si fuera un virus bueno. Sería ideal que festivales como este, o al menos sus secciones paralelas, se prolongaran durante todo el año. Solo haría falta dejar de centrarse tanto en las grandes estrellas y ajustar los presupuestos.”​

5.7.24

CINE DE VERANO

El cine de verano es una cálida tradición teñida de nostalgia. Es el placer de disfrutar del séptimo arte bajo el estival cielo abierto y una temperatura agradable, algo imposible de replicar en una sala cerrada. Ver una película bajo las estrellas es una experiencia que te conecta directamente con la esencia del cine; es como volver a sus raíces.

El cine de verano nace a principios del siglo XX, cuando la tecnología y el deseo de compartir entretenimiento y cultura al aire libre se combinaron para llevar las proyecciones cinematográficas a parques, plazas y patios. En muchas partes del mundo, el cine de verano se ha consolidado como un “pegamento social”, proporcionando un espacio donde la cultura y el entretenimiento convergen de manera accesible y cercana.

En el propio cine, los cines de verano han sido escenario de escenas memorables, ofreciendo una especie de cine dentro del cine. Por ejemplo, en "Cinema Paradiso" (1988), el cine al aire libre se convierte en un símbolo de comunidad y añoranza. O en "Grease" (1978), el autocine es el escenario de una icónica escena entre los protagonistas

La oferta de cines al aire libre ha crecido notablemente en los últimos tiempos. En la calurosa Madrid, por ejemplo, se puede disfrutar de refrescantes cines de verano en el Matadero, la Estival en la plaza de España, Fescinal, la Filmoteca, Cibeles de Cine, la Terraza Magnética, y en barrios como Usera, Puente de Vallecas y Retiro.

Korterraza, el festival de cortos al aire libre de Gasteiz, se enmarca perfectamente dentro de esta tradición. Este año celebra su 15ª edición, consolidándose como una iniciativa cultural asentada. Del 4 al 6 de julio, el festival se está desarrollando en el exterior del Artium, con una programación diversa y gratuita.

Durante estos días, el público puede disfrutar de una buena selección de cortometrajes del último año. Además, el festival no se limita a la capital alavesa, sino que también se extiende a lo largo del territorio, con proyecciones en cuarenta localidades diferentes hasta mediados de septiembre.

Este año, Korterraza introduce el premio “EITB Saria apoyo al cortometraje”, un galardón que busca reconocer la contribución de un cineasta al género del cortometraje. En su primera edición, este premio rinde homenaje a Txema Blasco, actor alavés que falleció recientemente. Xabi Vitoria, director del certamen, destaca la importancia de este reconocimiento, señalando que Blasco era una figura muy querida en la comunidad cinematográfica.

Este año, los vecinos de Gasteiz pueden disfrutar de cuatro sesiones de cortometrajes y siete conciertos programados para las noches, esperemos que cálidas, en la plaza interna de Artium.

El festival también incluye un espacio para el público infantil con una jornada especial el viernes 5 de julio. La selección de cortometrajes de este año incluye 35 títulos, con una notable presencia de cortos alaveses. Una propuesta irresistible para los amantes del cine y de las noches de verano.

28.6.24

ORGULLO

Ayer, con los ojos puestos en el Día del Orgullo de mañana, Zas Kultur desplegaba una experiencia cultural singular por estos lares. El colectivo Ha! Ballroom ofrecía una ventana a una subcultura urbana rica en historia, resistencia y expresión: la cultura ballroom.

Esta cultura, originada en Nueva York durante la segunda mitad del siglo XX, ha sido un refugio para las comunidades afroamericanas y latinas LGBTQ+. En un contexto de exclusión y discriminación, estos espacios se crearon para que las personas pudieran ser ellas mismas, celebrar sus identidades y desafiar las normas sociales. Los "balls", en resumen, son eventos donde los participantes muestran sus habilidades en diversas categorías de baile y moda, evaluados por jueces con criterios precisos.

La sesión en Zas Kultur ofrecía un primer acercamiento al amplio repertorio empaquetado bajo el sello “ballroom”. El "Old Way" se caracteriza por movimientos lineales y precisos, con poses que evocan a las de los modelos de revistas. Elegancia y control en una forma de baile que es a la vez arte y expresión personal.

El "Vogue femme" es un estilo más reciente y femenino, conocido por su alta expresividad y fluidez. Incluye cinco elementos fundamentales: los elaborados movimientos de manos (Hand performance), el caminar estilizado (Catwalk), el caminar en cuclillas (Duckwalk), los movimientos en el suelo (Floor performance) y los giros y caídas dramáticas (Spins and dips). Cada uno de estos elementos es un alarde de destreza y creatividad, y juntos forman una coreografía que puede ser tan potente como emotiva.

El "Runway", por otro lado, se centra en el desfile de moda. Los participantes caminan por la pista como modelos profesionales, mostrando su ropa y estilo personal desbordando confianza. Es una categoría que combina moda y actitud, ofreciendo un espectáculo visualmente llamativo.

Pero la cultura “ballroom” es más que una serie de estilos de baile. Es un espacio de resistencia y reivindicación. A través del “voguing” y otras categorías, las personas pueden expresar su identidad y desafiar las normas sociales que a menudo las marginan. Es un refugio donde pueden ser vistas y celebradas por quienes son realmente, un espacio donde la comunidad se fortalece y se empodera.

Dos miembros de la "kiki house of Bodega" guiaron la sesión, proporcionando una introducción a los códigos y elementos de esta cultura tan rica y desconocida por el ciudadano de a pie. Fue, en resumen, una presentación educativa diseñada para introducir y sensibilizar a los asistentes sobre la importancia y la belleza de esta subcultura.

La acción del colectivo Ha! Ballroom fue un recordatorio del poder de la cultura como herramientas de resistencia y empoderamiento. Para quienes no pudieron asistir, queda la invitación a explorar esta cultura y a apoyar a las comunidades que la mantienen viva. Porque en cada paso de voguing, en cada desfile de runway, hay una historia de lucha y de amor propio que merece ser narrada.