La inteligencia artificial (IA) ha irrumpido en el mundo de la música, generando debates entre dos posiciones antípodas: los "apocalípticos" y los "integrados", términos acuñados por Umberto Eco en su libro Apocalípticos e integrados (1964). Aunque Eco no se refería a las IA, su análisis del impacto de las tecnologías en la cultura resulta esclarecedora para entender este debate.
Por
un lado, los apocalípticos ven en la IA una amenaza directa para los músicos
argumentando que podrían reemplazarles, llevando la música a un terreno frío,
sin alma que solo la experiencia humana puede aportar. La idea de un
"músico robot" capaz de generar una canción en segundos inquieta a
quienes defienden que el arte, y particularmente la música, es inseparable de
las emociones y la subjetividad del artista.
"Estamos
al borde de una deshumanización completa de la música," afirma el
compositor británico Thomas Adès. "Cuando una máquina puede analizar
patrones musicales y producir melodías que imitan a Bach o a The Beatles, nos
enfrentamos a una profunda pérdida cultural."
Por
otro lado, los integrados aplauden las posibilidades que la IA ofrece para
expandir los horizontes creativos. Desde esta perspectiva, la inteligencia
artificial no reemplazará a los músicos, sino que se convertirá en una
herramienta estupenda para amplificar su capacidad creativa. "Las IA son
los nuevos instrumentos musicales," explica Holly Herndon, artista y
compositora que ha integrado algoritmos en sus obras. "Así como el piano o
la guitarra transformaron la manera de hacer música en su época, la inteligencia
artificial abre nuevas formas de pensar y crear."
Entre
estos dos extremos se abre un espectro de interrogantes que trascienden la
técnica para adentrarse en cuestiones filosóficas y éticas: ¿Podemos considerar
"arte" a algo generado por una máquina? ¿Y qué ocurre con la
homogenización del gusto musical si los algoritmos son diseñados para priorizar
estructuras que maximicen su atractivo comercial?
El
dilema también plantea la posibilidad de que los músicos y las IA colaboren,
uniendo lo mejor de ambos mundos. El compositor islandés Ólafur Arnalds,
conocido por sus mezclas de clásica y electrónica, ya trabaja con una IA: “No
veo a la IA como una amenaza, sino como un compañero que me desafía
constantemente a innovar," comentaba.
En
este contexto, cabe preguntarse si el debate entre apocalípticos e integrados
no refleja, en el fondo, una lucha entre nuestra fascinación y nuestro miedo a
lo desconocido. Así como en el pasado se temía que la fotografía acabara con la
pintura o que el cine destruyera el teatro, las inteligencias artificiales
están llevando a la música a una revolución cuyas consecuencias aún no podemos
prever por completo.
Si
el futuro de la música será un paisaje desolado dominado por algoritmos o una
sinfonía de posibilidades nunca vistas, dependerá de cómo decidamos integrar
estas herramientas en nuestra práctica artística.