Con el número 181, el TMEO alcanza los 38 años. En un ecosistema mediático saturado de eslóganes vacíos, algoritmos y autoexploit, la longevidad de esta revista autogestionada es mucho más que un dato editorial: es una anomalía cultural. Made in Vitoria —porque aquí tiene su sede—, sin publicidad, sin subvenciones, sin dirección. Una revista asamblearia, sin jefes, sin corrector y sin filtros. Con redes sociales, sí, pero más bien desatendidas. Solo papel, tinta, cabezonería y una red de colaboradores que siguen dibujando sin cobrar porque les da la gana.
La portada del TMEO 181, firmada por Mauro Entrialgo, muestra
dos cazas militares sobrevolando Gaza. Mientras lanzan bombas sobre la
población civil, uno de los pilotos le pregunta al otro: “¿Cuántos días de no
matar niños te vas a coger tú?”. Sobre la escena, el título “Descanso estival”
resume con crudeza la impunidad del genocidio. No hay perífrasis. El humor
gráfico se convierte aquí en arma de denuncia, con una mezcla de sarcasmo y
desolación que desactiva cualquier intento de neutralidad.
En sus 60 páginas a todo color,
el TMEO 181 insiste en lo suyo: humor gráfico sin
concesiones, lejos del trending topic y más cerca de la úlcera. El número de
verano se centra en el calor, el dolce far niente, las familias disfuncionales
y el sudor. Ni fútbol, ni famoseo, ni “contenidos de interés general”. Aquí se
dibuja lo que se piensa, no lo que se vende.
Firman este número autores
habituales como Mauro, Furillo, Kini, Piñata, Xsie77e, Edu Bravo,
Mapalapersona, Roger, Abarrots, Virginia Lekuona, El Listo, LPO, Óscar Alajarín
o Juan Luis, entre otros. Una selección coral, plural, donde caben desde el
grafismo más basto hasta el comentario político más afilado. Todos aportan algo
al despropósito colectivo. Todos comparten una idea común: que el humor no está
para adornar la realidad, sino para desmontarla.
El TMEO se vende por 5 euros. En quioscos de Euskal Herria, Burgos
y La Rioja. En librerías Elkar. En tiendas de cómics. También online, a mitad
de precio. Y sigue imprimiéndose en buen papel, con dignidad editorial y sin
nostalgia. Porque esto no es una reliquia, es una forma de resistencia.
La revista cuenta con un
público fiel, cómplice y lector. No acepta anuncios de grandes empresas,
entidades bancarias ni campañas institucionales. Se sostiene en parte gracias a
la colaboración de pequeños bares, librerías y locales afines que anuncian sus
negocios por militancia cultural. No son clientes: son aliados.
Conviene no olvidarlo: el TMEO nació durante los Sanfermines de 1987 con una portada
antitaurina. Justo el 7 de julio se cumplirán 38 años de aquel primer número.
Treinta y ocho años después, sigue embistiendo. No se entiende su persistencia
sin asumir que hay una comunidad detrás, pero tampoco sin reconocer la
necesidad de espacios editoriales donde aún se pueda decir lo indecible. Con
trazo grueso, con inteligencia, con rabia.
Porque hay papeles que arden. Y
otros que resisten.