La sala Amárica está emitiendo, de nuevo, ondas de arte. Ayer mismo se inauguraba la exposición Frecuencias de fondo. Zu hemen zaude. Una primera muestra tras un periodo incierto en el que se barajó su bajada de persiana permanente. El espacio recupera ahora su función de sala foral para el arte contemporáneo, y lo hace con una exposición colectiva de cinco artistas cercanos seleccionados por un jurado lejano.
“Frecuencias...:” arrancaba con
una fase previa de ocho días bajo el formato Abierta por obras,
que permitía compartir con el público los procesos de montaje y los modos de
trabajo de los artistas. Un gesto de apertura que, más allá de lo simbólico,
plantea la necesidad de repensar el papel de esta sala en el presente. Porque
se requieren ajustes, mejoras, en esta infraestructura.
Un equipamiento cultural no se
define solo por lo que ocurre en su interior: también se expresa a través de su
envoltorio, su acceso, su diseño y su “link” con el entorno. Y aquí es donde
conviene afinar la señal que se emite; la sala Amárica arrastra una
arquitectura de finales de los años ochenta que no invita a entrar. Dos pesadas
persianas negras cubren su fachada y solo se elevan durante una media semanal
de tres horas de apertura diaria. El resto del día, la sala permanece cerrada
visualmente, como si no existiera. En un entorno vivo, con terrazas y bares
habitualmente llenos, la sala parece de otro planeta. Pero podría formar parte
de esa misma cotidianidad, implicarse en el día a día del vecindario, irradiar
hacia fuera. Solo hay que girar un poco la rueda de la radio para sintonizar
con más nitidez. A menudo, basta un leve ajuste para cambiar la frecuencia. Y
quitar obstáculos de en medio para que las ondas se emitan potentes.
El hall, amplio y
desaprovechado, podría reinventarse como un espacio de visibilidad, incluso de
intervención. Un lugar donde mostrar obras de artistas emergentes, como el
escaparate de la sala Rekalde en Bilbao. Un espacio que vaya mutando, que
funcione como antesala expositiva y mantenga Amárica presente en la ciudad
incluso cuando la sala esté cerrada. La visibilidad y el horario son
fundamentales para un bar, una cafetería… o una sala expositiva.
Elevar las persianas implica
emitir sin obstáculos en medio. Porque si la sala Amárica quiere recuperar su
posición en el ecosistema artístico local, deberá sintonizar con más potencia
con sus públicos, pero también con lxs artistas, colectivos y agentes que hoy
configuran las prácticas contemporáneas. Se trata de ajustar otras frecuencias.
De activar el canal. Y de subir el volumen “a tope”.
El nuevo ciclo ha comenzado con
una exposición que no oculta sus costuras. Que se ha cocido en tiempo récord:
22 días. Una muestra que lanza una lectura crítica del propio contexto. Pero no
bastará con programar exposiciones. Habrá que cuidar los pliegues, abrir vías,
actualizar usos, repensar accesos. Convertir la sala no en una isla, sino en
parte de un continente.