La anécdota es un clásico. El pintor griego Zeuxis pintó un racimo de uvas tan creíble que los pájaros bajaban a picotearlo. Convencido de que nadie podía superarle, enseñó el cuadro a su rival, Parrhasio. Este respondió presentando una obra suya, cubierta por una cortina. Zeuxis pidió que la descorriera para ver la pintura contrincante y entonces descubrió que la cortina no era real, sino que también estaba pintada. Zeuxis había engañado a los pájaros, pero Parrhasio había engañado al propio Zeuxis. Quedaba claro quién engañaba mejor a quién.
Siglos después, la escena vuelve a cobrar sentido. La inteligencia artificial acapara titulares y tertulias con insistencia machacona. Se repiten las mismas palabras: eficiencia, productividad, sustitución de empleos. El cansancio es lógico. Y, sin embargo, bajo ese hartazgo se están moviendo los límites de la representación.
Un ejemplo reciente: la presentación, en el Zurich Film Festival de hace unos meses, de Tilly Norwood, actriz creada íntegramente por IA por un estudio británico. No hay cuerpo ni biografía detrás de esa presencia que da el pego sin esforzarse. Solo un modelo generado a partir de archivos, datos y patrones. El mayor sindicato de actores y actrices del mundo denunció que para entrenar sistemas así se exprime el trabajo acumulado de intérpretes reales, convertidos en materia prima barata de una industria encantada con la idea de “contratar” trayectorias completas sin tener que lidiar con personas.
Lo llamativo fue la reacción de parte del público: muchas personas dieron por hecho que Tilly era una actriz de carne y hueso. Su rostro no desentonaba con lo humano, la voz no sonaba metálica, sus gestos esquivaban los fallos que durante años delataban a lo digital. Durante décadas bastaba entrenar la mirada para detectar las pistas de lo sintético. Una expresión muerta, un caminar robótico, un parpadeo improbable bastaban para recordar que aquello no era un cuerpo.
En ese contexto, la protesta de los actores no se reduce al miedo a perder trabajo. También se defiende algo menos cuantificable: la idea de que una presencia en pantalla nace de una biografía, de unos cuerpos concretos en situaciones concretas, y no solo de una mezcla eficiente de miles de registros previos. No es nostalgia gremial: es la defensa del vínculo entre una vida y su modo de interpretar.
Pero ahora la representación ya no se distingue de lo representado. El viejo pacto entre imagen y espectador, basado en la sospecha, se debilita.Tal vez la fatiga ante la conversación sobre IA tenga que ver con esa sensación de desajuste permanente: ya no se sabe qué es real y qué está calculado para parecerlo. No se discute solo de tecnología ni de cifras de negocio, sino de un cambio en la propia idea de representación.
En un paisaje donde los pájaros y Zeuxis se equivocan a la vez, ya no queda claro si delante hay un actor o la destilación estadística de muchos otros.