Puede parecer raro hablar de un congreso cuando se piensa en un grupo de artistas debatiendo, desde sus trabajos, sobre un tema. Eso es Inmersiones, que este sábado vuelve a Zas Kultur con un encuentro que conserva el ADN con el que nació en la sala Amárica, gestionada por un colectivo de artistas. En aquella primera edición la sala se pintó de azul marino y, sobre las paredes, aparecían peces abisales, como si todo el mundo estuviera sumergido en la misma agua: público y artistas compartiendo profundidad.
Aquel gesto fundacional dio lugar a la Asociación Inmersiones, que coordina cada edición y mantiene la misma voluntad: ofrecer un territorio común en un contexto con pocos espacios de encuentro. Frente a la lógica de las muestras convencionales, Inmersiones escogió la escucha, la convivencia y el cruce entre medios.
Cada año el congreso se articula alrededor de un tema distinto que guía el programa. Por sus ediciones han pasado lemas como “Ecocultura”, “Antidinero”, “Pakean utzi artean”, “Abajo el trabajo”, “Cultos”, “Maleducados”, “En torno a la hoguera”, “El arte del futuro, el futuro del arte” o “Cuestiones domésticas”. Títulos que dibujan un mapa de preocupaciones y marcan por dónde se mueven las preguntas que se hacen nuestros artistas.
Desde hace nueve años el encuentro se despliega en Zas Kultur, una estructura que también es heredera de aquel colectivo que coordinaba la sala Amárica. En Zas ha encontrado un lugar natural para mantener el formato de intervenciones breves y acciones artísticas. La elección del espacio importa: Zas es uno de los pocos lugares donde la creación independiente puede reunirse, debatir y compartir procesos sin los protocolos de los circuitos institucionales
Otro rasgo que se mantiene es el relevo curatorial. Los comisarios cambian en cada edición, aportando miradas nuevas y evitando que el congreso se convierta en una estructura rígida. Ese movimiento oxigena la programación y abre puertas a lenguajes que buscan sitio. Participan artistas que dan sus primeros pasos junto a otros con mayor trayectoria, pero todos comparten la misma agua de trabajo, dudas y experimentos.
Hay un gesto que sintetiza mejor que ningún otro el espíritu de Inmersiones: la comida colectiva del mediodía. No es un catering ni un acto protocolario. Son los propios organizadores quienes sirven la comida a las personas invitadas, manteniendo una tradición que entiende el encuentro como programación, comunidad y abrigo. En un ecosistema cultural fragmentado, ese gesto sencillo —compartir mesa, escucharse, convivir— actúa como una forma de resistencia y de cuidado.
Inmersiones ha cambiado de temas, formatos y equipos curatoriales, pero no ha renunciado a su propósito original: ofrecer un lugar donde las prácticas emergentes puedan aparecer sin filtros, generar conversación y activar pensamiento. Este sábado, Zas Kultur volverá a ser territorio sumergido donde el arte vasco contemporáneo se reúne y continúa.