7.11.25

VEINTE AÑOS

Hace veinte años publiqué mi primera columna en este periódico. Luego vinieron muchas más: unas setecientas cincuenta. En páginas, un millar largo: algo como El Quijote, pero de crítica cultural a pie de calle, “kilómetro cero”.
Entonces no existía “Insta” ni “Face”; la inteligencia artificial era cosa de laboratorios y nadie miraba el móvil cada dos pestañeos. Escribir sobre cultura era, también, una forma de sostenerla. Podías pasarte horas discutiendo un libro, un concierto o una “expo”. Los periódicos aún olían a tinta. La “grapa” —la revista— estaba por todas partes. Artium consolidaba su proyecto; Montehermoso sonaba a laboratorio prometedor; la ciudad hervía con iniciativas que parecían anunciar un ciclo distinto. Recuerdo 2008: el colectivo de artistas gestionando la sala Amárica. Había efervescencia, curiosidad, una ingenuidad compartida. Creíamos que algo se movía. Y se movía.

Después llegaron las crisis —económicas, culturales, digitales— y el paisaje viró. Muchos espacios cerraron; otros resistieron mutando, a base de testarudez. Internet prometía democratizarlo todo y, sin embargo, barrió el tiempo lento del encuentro. Pasamos del debate al scroll; del catálogo impreso al algoritmo. Hoy la cultura se mide en clics, “impactos”, “seguidores”. La crítica se adelgazó en autopromoción; el artista, en gestor de sí mismo. “Cultura” empezó a rozarse con palabras próximas, pero no iguales: innovación, creatividad, emprendimiento, industria. Como si hubiera que rendir cuentas en euros para justificar su sentido.
En estos cuatro lustros, Gasteiz cambió. Cerraron librerías y bares para debatir; desaparecieron artistas; nacieron otros espacios. Seguimos en la periferia —de Euskadi, del Estado, a veces de nosotros mismos—, pero en este páramo se ha trenzado una red viva: Zas Kultur, Azala, La Monstrenka, Ortzai, Baratza, KulturLab… Pequeñas constelaciones: independientes, flexibles, precarias. Funcionan con poco presupuesto y mucha inteligencia. Trabajan lo cercano donde otros solo ven gasto. Quien conoce sus salas —esas luces, esas sillas arrastradas antes de empezar— sabe de qué hablo.

Mientras tanto, el mundo aceleró y subió el volumen. Las redes son escaparates donde todo compite con todo: un museo con un meme, un concierto con un vídeo de gatitos. La atención, hoy, es el bien más escaso. La mirada lenta —la del arte— quedó en minoría. Seguir escribiendo sobre cultura, en este contexto, roza la obstinación… y quizá por eso merece la pena.
Y, aun así, la fe en que algo permanece. En los márgenes sigue habiendo gente que no busca la viralidad. Que entiende la cultura no como entretenimiento ni marca de ciudad, sino como una forma lúcida de estar en el mundo. Han pasado veinte años: gobiernos, modas, lenguajes. Cada semana, cuando me siento a escribir, vuelve la misma sensación de entonces: mirar alrededor y contar lo que pasa —y lo que nos pasa— desde aquí. Desde esta columna que es Airotiv: Vitoria leída al revés, para pensarla del derecho.